DE ROTUNDUS IV (narrativa simbólica)

 

UN ENCUENTRO, TAL QUE LO REAL...

—Hola. Soy Beta.- digo.
—..........................
—En realidad, llamaba para consultarte algo.
—..........................
—Mejor personalmente.
—..........................
—Si él está de acuerdo...? Yo no tengo ningún problema. Al contrario, me parece mejor si él está presente. Creo que es tiempo de sacarnos la careta de una vez por todas.

Cuelgo. Me digo a mí misma: “basta para mí. Estoy harta de los vuelos nocturnos.” Y entonces caigo en la cuenta: acabo de hablar con esa mujer de alas oscuras. Por primera vez después de tantos años de sentir su presencia como un fantasma, voy a tocar su miseria con mis manos.

Es real. Estamos caminando hacia esa puerta que él conoce y yo no. Lo miro. Imagino que en su cuerpo guarda secretos de ella y me pregunto qué hago aquí. Me desconozco. Subo el escalón y estoy por tocar el timbre cuando lo veo sacar las llaves. Él tiene llaves. Abre la puerta con la naturalidad de quien entra a su casa. Porque lo es.

No, no es desparpajo. Es la cotidianidad del horror. Él abre la puerta de la casa de esa otra mujer como abre la de la mía. Y esa normalidad me subleva más que cualquier confesión.

Entramos. Ella no nos recibe. Él grita: “¡Hola, llegamos!”, como si yo fuera parte de la confianza que se tienen. Como si mi presencia no fuera una invasion, una profanación.

Ahora, me quedo perpleja al descubrir su figura. La veo caminar de espaldas por un pasillo largo, arrastrando una capa de colgajos de tela gastada, color borra de vino. No es una sombra poderosa; es una silueta derrotada. Siento piedad, y esa piedad me enfurece. ¿Por qué temí durante años a esto?

—Al fin nos conocemos —dice, y me tiende la mano. Su voz es más gruesa que en el teléfono. Un registro bajo, terroso, como de quien ha fumado demasiado o ha llorado en silencio durante décadas.

La saludo. Su piel es áspera. Gira para sentarse y, disimuladamente, toco la tela de su capa. Es frágil, quebradiza, como las alas de un murciélago. El mismo asco fascinado. El mismo horror.

La luz da de costado. No puedo ver un rostro definido, solo un conjunto de rasgos que se niegan a coalescer en una identidad. Intento usar la MF41, ajustar la sensitividad. Pero no sirve. No puede medir esto. No hay "fluidos" que cartografiar aquí, solo puro hueso, pura ausencia.

De pronto, ellos empiezan a hablar en susurros. Un código antiguo, lleno de risas bajas y miradas cómplices. Me siento lejana. Veo cómo alrededor de mis brazos se forma un velo de humo espeso. Me estoy pudriendo en tiempo real. Literalmente.

Me levanto. Me acerco. Quiero entender los destellos de su vínculo, pero es inútil. Ella lo conduce, lo atrapa, lo mueve, lo deshecha. Es su dueña. Y él se deja.

—Bajo a comprar cigarrillos —anuncio, y es la retirada más digna que puedo gestionar.

Cuando vuelvo, la ropa de Ian está sobre una silla. Él está en algún lugar de la casa. Desnudo. Ella está sentada a la mesa, desprolija, seca. Es el momento de la verdad. No habrá duelo de diosas; habrá un ajuste de cuentas entre mendigas.

—Aquí traje dos botellas —dice ella, y pone dos copas limpias sobre la mesa. Se acerca a mí. Huele a alcohol barato y a ropa vieja.

—¿Dónde está Ian?

—Se perdió.

—No. La ropa está ahí.

—Se cambió.

—No.

—Lo tengo.

La miro fijo. Lo tengo. No lo dice con orgullo, sino con la fatiga de quien carga un fardo pesado.

—No es sexo lo que tiene con vos —escupo, deseando que sea verdad.

—Hay sexo. No te mientas. Tengo las alas gastadas de sexo —responde, y su voz es una caricia sucia.

—¡Es ridículo!

—Es cierto. Aunque te parezca ridículo, hay sexo. ¿Y entonces qué falta?

_ ¿Qué...?

—Tu voz. Por eso te busca, por eso te necesita. Yo, por mi parte, lo capturé hace mucho tiempo. Fue durante una cena. Todos brindaban. Él se escondió cerca de las jaulas. Me tomó con sus manos. Era como ser devorada por la noche misma. Los presos de la comisaría de al lado hacían el amor con las putas. Nosotros, entre las sombras de los barrotes, éramos otro tipo de reclusos.

Callo. Comprendo. Ian no va con ella por placer; va por castigo. Ella no es su amante; es su cárcel. Y él, el carcelero de sí mismo.

—No pregunto por sus sentimientos —digo—. Pregunto por el lugar que ocupás para vos misma.

—Espero —dice, y por primera vez su máscara se agrieta—. Espero su atadura genética. Saber qué clase de hombre se libera en él cuando me injuria.

La miro. La veo. No es un monstruo; es una mujer vacía que se alimenta de los despojos de Ian. Su poder es el poder de los basurales: aceptar ser el tacho al que él arroja lo que no se atreve a ser.

Me voy. No digo adiós. El dintel de la puerta de su casa, astillado,  deja entrever una colonia de murciélagos aferrados al sueño, en una oscuridad casi lograda. 

Al salir, el aire de la calle me golpea como una bofetada de realidad.

Antes de hacer el informe, llamo a Zim. No por datos. Por compasión.

—¿Sabés qué, Zim? La MF41 es oro en polvo —digo, y es la mentira más grande que he dicho. La máquina no sirvió para nada. La verdad no se ve con dispositivos; se toca, y se te pega a la piel como una mancha.


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