EL TIEMPO QUE SE CONTRAE Y EL TIEMPO QUE SE EXTIENDE
Hay una vivencia que quienes habitamos o visitamos periódicamente las grandes ciudades conocemos sin necesidad de nombrarla: la sensación de que el tiempo se contrae, de que los días pasan con una velocidad que no parece corresponder a lo que hemos hecho ni a lo que hemos sido, pero sobre todo la certeza de que el tiempo del que podemos disponer, el tiempo que podemos apropiarnos, es siempre insuficiente. Y hay otra experiencia, más esporádica muchas veces, que ocurre cuando nos detenemos en un espacio abierto —la costa, la sierra, la llanura—: allí el tiempo no solo se extiende, sino que se deja habitar, se vuelve disponible de un modo que en la ciudad resulta casi imposible. No se trata aquí de una diferencia en la medición objetiva: el reloj avanza con la misma regularidad en una avenida congestionada que en un valle desierto. Lo que varía es la posibilidad de apropiarse del tiempo, de hacerlo propio, de no ser meramente atravesado por él. Y esta posibilidad no es separ...





.jpg)
.png)
