CINCO MINUTOS ANTES DE LA ETERNIDAD
"Sin belleza no sabemos avanzar. Ella es nuestra guía, una musa para nuestras ecuaciones"
J. Ignacio Latorre, Sobre la belleza de las ecuaciones
La noticia llega un martes 23 de abril a las 7:43 de la mañana. No por cadena nacional ni por decreto. Llega como llega lo irreversible: a través de un paper en Nature, un hilo de Twitter que se vuelve insoportable, el llanto de una divulgadora científica en la televisión pública.
La divulgadora se llama Elena Suárez. Tiene 51 años, pelo cano recogido en un rodete, lentes de marco rojo. Nadie recordará su nombre después de esa mañana, pero todos recordarán su voz: ese timbre que intenta sereno y se quiebra igual, como un vidrio que aguanta pero ya tiene la grieta. "Perdón si mi voz tiembla", dice. Se toca los lentes, busca algo en el teleprompter que ya no está porque el teleprompter sigue mostrando el pronóstico del tiempo. "Hoy martes 23 de abril, a esta hora, 7.43, la humanidad pasa a ser una especie de vida extensa. Nos ha llegado la confirmación... la confirmación de que el envejecimiento celular se ha detenido. No habrá más muerte por edad. El tratamiento estará disponible para toda la población en dieciocho meses."
En los estudios de Canal 7, el piso se ha quedado callado. Los móviles que estaban en vivo cortan. La producción suspende la publicidad. Alguien, en algún rincón, llora. No se sabe si de alegría o de miedo. Probablemente de los dos. La pantalla está dividida. De un lado, Elena Suárez. Del otro, el rótulo que los gráficos arman a las apuradas, con una tipografía que nunca habían usado para una noticia: DETIENEN EL ENVEJECIMIENTO HUMANO. NO HABRÁ MUERTE POR EDAD. Elena levanta la vista. Mira a la cámara. Y ahí, en ese segundo, ya no es una periodista. Es una mujer de 51 años que acaba de entender que su padre de 82 años, el que tiene Alzheimer y ya no la reconoce, no se va a morir. "Señor, señora", dice, y ya no es un noticiero, es una carta. "Vamos a tener que repensar todo. El amor. El trabajo. Los hijos. Los domingos. El perdón." Se calla. Canal 7 corta a publicidad. Pero nadie ve la publicidad. Nadie ve nada. Todo el país, en ese momento, está absorto o en el mejor de los casos mirando hacia adentro.
Renata hace la cama de un paciente que acaban de dar de alta. La sábana inferior ya está extendida, lisa, como aprendió en el curso de auxiliar de enfermería hace catorce años. Ahora le toca la almohada. Mete la mano dentro de la funda, la abre, va a introducir el triángulo de espuma... y se queda detenida. La voz de Elena Suárez resuena desde el televisor del pasillo: "dieciocho meses". Renata se sienta en el borde de la cama. La almohada entre las manos, la funda a medio pasar. No termina de pasarla. No puede. El deseo cumplido —el más antiguo, el más universal, el que cada humano susurró al menos una vez en la oscuridad: no quiero morir— de repente ya no es un deseo. Es realidad. Y esa realidad tiene el peso de un cuerpo que no sabe qué hacer con la inmortalidad que le regalan. La boca entreabierta. Los ojos fijos en la espuma blanca. Los dedos apretando la tela como si esa presión fuera el único gesto que aún le pertenece. No llora. No sonríe. No reza. Está. Solamente está. Atrapada en el instante en que el deseo más humano se vuelve, de repente, inhumano.
Gustavo la llama desde la pieza 412. Tiene cáncer de páncreas, estadio 4. Está sentado en la cama, no recostado, sentado, como si el cuerpo ya no fuera un lugar para descansar sino una pregunta que sostener. Tiene el puño cerrado sobre la sábana. La otra mano aferrada al soporte del suero. "Renata", dice. Nunca antes la había llamado por su nombre. "Necesito hablar con un médico. Con alguien que sepa." Renata cierra la puerta. Se apoya contra ella. "El médico llega dentro de una hora", dice. Es verdad. Gustavo niega con la cabeza. "Una hora no. Ahora. Escuchaste. La mujer de la tele. ¿Eso significa que no me voy a morir? ¿O yo me voy a morir igual?" Renata no responde. No sabe. "Tengo cáncer de páncreas. Estadio 4. ¿Eso también se detiene? ¿Las células que me están matando también se vuelven eternas?" El silencio se llena de suero, de respiración, del zumbido de la máquina que mide los latidos. Gustavo aprieta el puño con más fuerza. "Porque si el cáncer sigue creciendo y yo no envejezco, voy a vivir para siempre con este tumor. Para siempre. ¿Entiende? No voy a morirme nunca. Pero me voy a morir igual." Renata deja de apoyarse en la puerta. Da un paso. Después otro. Se sienta en el borde de la cama. No debería. El reglamento sigue estando. Pero el reglamento no fue escrito para este martes. "No sé", dice. "No sé si el cáncer se para. No sé si usted está en riesgo o no. No sé nada." Gustavo la mira. Tiene los ojos secos. "¿Y entonces para qué sirve la noticia?" Renata piensa en la taza de café que ella misma deja todas las mañanas en el borde de la pileta de la cocina, la taza que se promete lavar y no lava. Piensa en la almohada que acaba de fundar. Piensa en sus hijos, que ahora serán eternos si ella lo decide o quizás no, quizás se morirán de cualquier otra cosa, un accidente, un disparo, una tristeza que vuelva el cuerpo irrespirable. "Para que nos hagamos nuevas preguntas", dice al fin. "Para que dejemos de hacer las camas como si nada."
La ciencia llama senescencia celular a ese proceso que acaban de domar. Es un mecanismo biológico que se activa después de períodos de estrés celular y detiene la proliferación de células disfuncionales o dañadas. La senescencia celular y otras palabras médicas que se divulgan comenzarán a ser parte del discurso cotidiano. Con la edad, las células senescentes se acumulan en el cuerpo, y su regulación tiene un efecto directo sobre la esperanza de vida. En 2015, el laboratorio de James Kirkland en el Centro Médico Mayo descubre que ciertos compuestos —los llamados senolíticos— inducen la muerte celular programada en células senescentes, prolongando la vida útil de los animales de experimentación. A estos primeros fármacos les siguen otros: la fisetina —presente en baja concentración en muchas frutas y verduras— y dos inhibidores de BCL-XL, el A1331852 y el A1155463, que muestran capacidad para despejar células senescentes en cultivos celulares humanos.
Lo que Elena Suárez anuncia aquel martes es la culminación de décadas de investigación: un tratamiento definitivo, aplicable a toda la población, que detiene el envejecimiento celular para siempre. La producción de los noticieros busca expertos, biólogos, gerontólogos...
Pero ni los papers de Nature ni los ensayos clínicos dan cuenta de lo que pasa con los cuerpos terminales antes del milagro. Porque si la muerte por edad ya no existe, ¿qué pasa con los que se están muriendo antes del anuncio? ¿Los primeros condenados a una eternidad rota? ¿Los que tienen que decidir entre un tratamiento que no saben si los salva o una muerte que ya no es el destino común sino una anomalía? El mundo se parte en dos: los que nunca supieron lo que es estar rotos y los que ya lo están.
Pasan los meses.
Gustavo soporta las fuertes quimioterapias a las que les fueron agregados los inhibidores de senescencia —los fármacos que, según el anuncio, detendrán el envejecimiento de sus células sanas aunque nadie comprende bien qué harán con las enfermas. El cóctel llega por vía endovenosa, tres veces por semana, en la misma habitación 412: el piso de linóleo, la mancha de humedad en el cielorraso, la foto borrosa de un paisaje de montaña que nadie mira. Los inhibidores de senescencia se suministran en una jeringa aparte. Son transparentes, como el suero, pero más espesos. Cuando la enfermera los empuja, Gustavo siente un frío que no viene del líquido sino de sus propios huesos, como si adentro le estuvieran diciendo no pares, no te mueras, no termines. Los primeros tres meses, nada. Los segundos, el tumor se estabiliza. "Eso es bueno", dice el oncólogo. "El páncreas no empeora." "Pero no mejora", dice Gustavo. El oncólogo se ajusta los lentes. No responde. Porque la verdad —la que nadie dice en voz alta pero todos saben— es que los inhibidores de senescencia fueron diseñados para células sanas, para las que envejecen y mueren, para las que tienen un reloj interno que marca el tiempo. Las células cancerosas no envejecen. Las células cancerosas solo crecen. Detener su senescencia es como ponerle freno a un auto que no está preparado para frenar.
Gustavo termina teniendo el cuerpo dividido en dos territorios: las células sanas, que reciben el tratamiento y se vuelven cada vez más resistentes, más jóvenes, más eternas; las células enfermas, que siguen haciendo lo suyo, lentas pero firmes, como un inquilino que sabe que nadie lo va a desalojar. El resultado es una tregua incómoda. El cáncer no avanza. Pero tampoco retrocede. Está ahí, enquistado en el páncreas, esperando. Y el cuerpo de Gustavo, ese campo de batalla, ya no sabe si está vivo o condenado a muerte.
Renata piensa, mientras lo mira, que el miedo no es que Gustavo se muera. El miedo es que se quede así, estabilizado, eternamente con el tumor enquistado, ni mejor ni peor, vivo pero con cáncer para siempre. Que el cáncer aprenda a convivir con los inhibidores y se vuelva eterno junto con el huésped. No le dice nada. Aprieta suavemente el antebrazo de él, justo donde la piel ya no tiene arrugas. Sostiene.
Los análisis que dan negativo llegan un jueves a las 11 de la mañana. Gustavo está solo en la 412, mirando la mancha de humedad en el cielorraso. Reconoce las formas de memoria: un caballo, un perfil de mujer, un continente que no existe en ningún mapa. Cuando el oncólogo entra con la carpeta roja, esa carpeta que siempre anuncia malas noticias, Gustavo cierra los ojos. "Los marcadores tumorales dieron negativo", dice el oncólogo. Su voz no es de triunfo sino de extrañeza. Como si acaba de leer el resultado de un examen que no debería existir. "No encontramos células malignas activas." Gustavo abre los ojos. "¿Estoy curado?" El oncólogo duda. Porque la palabra "curado" pertenece a otro mundo, a otro tiempo, a otro pacto con la muerte. "No sé", dice. "Pero el cáncer no está."
Renata se entera por la licenciada Santout, que se lo grita desde la estación de enfermería mientras prepara las medicaciones de la tarde. Entonces va a la habitación. No lleva bandeja. No lleva jeringas. Tiene las manos vacías, que es la manera más honesta de entrar a una habitación. Gustavo está sentado en la cama. No recostado. Sentado, otra vez, como el primer día. Pero ahora sus ojos no tienen furia sino una luz rara, de vidrio esmerilado. "¿Te enteraste?", pregunta. Renata asiente. Se sienta en el borde de la cama. Esta vez no le importa el reglamento. "Ahora tengo que aprender a vivir sin la muerte", dice él. "Antes sabía que se terminaba. Todo tenía gusto a gracias por venir. Ahora no sé para qué me levanto." Renata quiere decir algo. Quiere decir para esto, para estar vivo, para ver el sol, para tomar mate, para lo que quieras. Pero las palabras suenan falsas antes de nacer. Porque él tiene razón. La muerte es el marco. La urgencia es el sabor. Sin fin, todo se vuelve trámite. "¿Me vas a ayudar?", pregunta Gustavo. "¿En qué?" "A encontrar para qué", dice en forma casi jocosa.
Gustavo recibe el alta un lunes. No hay fiesta. Nadie le trae globos. Porque, ¿qué se felicita? ¿Haber derrotado al cáncer en un mundo donde la muerte por edad ya no existe? ¿Haberse salvado para un futuro que nadie sabe cómo se habita? Renata lo acompaña hasta la puerta del hospital. El sol de la tarde pega fuerte en la vereda. Gustavo entrecierra los ojos, como si la luz le hiciera daño después de tantos meses en la penumbra de la 412. "Renata, ¿vos te vas a poner el tratamiento?" La pregunta ya no es nueva. "No sé", dice. "Todavía no lo decido." "Yo lo decidí por vos", dice Gustavo, y sonríe. Es una sonrisa triste, pero también cómplice. "Mientras vos no te pongas los inhibidores, yo voy a saber que alguien en este mundo todavía tiene fecha de vencimiento. Eso me ayuda. Saber que alguien se va a morir."
Llega un miércoles a las 3 de la tarde. No por la puerta principal. Por la rampa de ambulancias, con la sirena encendida, los paramédicos gritando datos que nadie retiene porque los datos no pueden con el horror. El cuerpo sobre la camilla es joven. Un hombre de unos 30 años. La pierna derecha cuelga en un ángulo que ninguna pierna debería tener. Y la cabeza tiene un hundimiento del lado izquierdo, justo donde el cráneo deja de ser hueso y se vuelve amenaza. Accidente de tránsito. Un colectivo se subió a la vereda y lo llevó puesto. En quirófano, la médica de guardia intenta todo. Drenaje. Transfusión. Reanimación. Pero el hundimiento es demasiado profundo. El cerebro ya ha dejado de ser cerebro. "Hora de muerte: 15:47", dice la médica. Su voz no tiembla porque los médicos aprenden a no temblar. Pero sus ojos sí tiemblan. Renata sale de quirófano. Se apoya en la pared del pasillo. El linóleo sigue ahí, igual que siempre. Pero algo está cambiado. Ahora la muerte duele más. Porque antes, cuando la gente se moría de vieja o de enfermedad, había un tiempo para despedirse. Había una lógica. Un orden. El cuerpo se gastaba y se iba. Ahora la muerte solo llega por accidente. Por error. Por mala suerte. Y cada muerte es un recordatorio de que la eternidad prometida es una mentira a medias: podés vivir para siempre, pero un colectivo puede borrarte en un segundo y quitarte la vida, la vida en toda su extensión que ahora se mide con una expectativa de siglos indefinidos.
En la sala de espera, la mujer del buzo gris espera. Tiene unos 38 años, aunque con los inhibidores ya en el mercado nadie puede estar seguro de la edad real de nadie. Las manos le tiemblan. Se sienta en la tercera fila de sillas plásticas. No llora. No habla. Mira la puerta blanca que lleva a quirófano como si fuera a hipnotizarla. Llega un hombre mayor, que camina con un bastón. Después otros. Una chica joven con uniforme de una cadena de comida rápida. Un hombre de traje que habla por teléfono en voz baja. La sala se va llenando de personas que no se conocen entre sí pero que comparten el mismo aire espeso, el mismo silencio roto por el pitido de un celular, el mismo gesto de mirar la puerta blanca. La mujer del buzo gris sigue sin llorar. Cuando Renata aparece en la puerta, con la cara que ponen las enfermeras cuando no hay nada que hacer, la mujer la ve antes de que ella abra la boca. "No", dice. No es un pedido. Es una constatación. Renata se arrodilla frente a ella. Le toma las manos. "Lo intentamos todo. Pero el daño era demasiado grave. Ramiro falleció a las 15:47." La palabra falleció suena terrible. Como un ataque a la época. Porque antes la gente fallecía de vieja, de enfermedad, de algo que tenía un sentido biológico. Ahora Ramiro no ha fallecido. Ramiro ha sido borrado por un colectivo a las 3 de la tarde de un miércoles cualquiera. La mujer del buzo gris no grita. No se desmaya. Abre la boca y emite un sonido que Renata nunca había escuchado. No es un llanto. No es un gemido. Es el sonido de un universo entero que se queda sin gravedad. "Él quería vivir para siempre", dice. "Cuando salió el tratamiento, fue el primero en la fila. Dijo 'por fin, voy a ver cómo termina esto'. No sé a qué se refería. Al mundo. Quería ver el final." Renata aprieta las manos de la mujer. "Vio el suyo", dice, y se arrepiente al instante. La mujer del buzo gris la mira. Y entonces, por fin, llora. No un llanto educado. No lágrimas silenciosas. Un llanto que le sale desde el estómago, desde los huesos, desde ese lugar donde antes estaba la certeza de que la muerte llegaba cuando tenía que llegar y no antes.
Esa noche, Renata llega a su casa. Se sirve un café. Lo toma de pie, apoyada en la mesada, mientras mira por la ventana el mismo edificio de enfrente, las mismas persianas cerradas, la misma luz gris de la calle. Termina el café. Deja la taza en el borde de la pileta. No la lava. No la guarda. La deja ahí. Y después, horas más tarde, cuando vuelve del baño, la ve. En el borde. Esperándola. "Qué pelotuda", se dice a sí misma. "Otra vez." Pero no la lava. La mira un segundo, a veces dos, y sigue de largo. Porque ese gesto —dejar la taza en el borde de la pileta— es su pequeño territorio de desorden. Su manera de decir acá mando yo o no me importa o estoy cansada o todo eso junto y ninguna de esas cosas. Antes de la noticia, Renata pensaba: algún día voy a cambiar. Algún día voy a lavar la taza en seguida, voy a ser esa persona ordenada que no deja rastros. Ahora sabe que no. Ahora sabe que esa taza va a seguir ahí. En el borde de la pileta. Para siempre. Porque ella va a seguir siendo ella. Con sus mismas mañas. Sus mismas postergaciones. Su misma manera de mirar el desorden que ella misma produce y no hace nada.
Pero entonces piensa en Gustavo. Piensa en el accidentado de 30 años. Piensa en la viuda del buzo gris. Piensa en sus hijos, que ahora serán eternos si ella lo decide. Piensa en los dieciocho meses que ya casi se cumplen, en la decisión que todavía no ha tomado. Y piensa, sobre todo, en esto: está en condiciones de mejorar el mundo. No porque sea especial. No porque sea heroína. Sino porque todos lo están. Todos los seres humanos, de repente, con esta vida extensa por delante, tienen la oportunidad de no correr, de mirar, de hacer las cosas bien. La urgencia ha muerto. Lo que viene ahora es la responsabilidad de la lentitud.
Toma la taza. La pone bajo el grifo. El agua fría golpea el fondo. Restriega con la esponja, hace espuma, siente la cerámica lisa entre sus dedos. El café seco se diluye. La mancha marrón se disuelve. Enjuaga. Apoya la taza en el escurridor. Boca abajo. Como debe ser. No la deja en el borde. Renata mira la pileta vacía. El escurridor con una sola taza recién lavada. El resto de la cocina sigue igual —la mesada desordenada, el azucarero abierto, las migas de pan— pero algo ha cambiado. Algo minúsculo. Algo enorme. Un gesto. Esto es todo lo que hay. Un gesto. Y después otro. Y después otro. Durante siglos, si hace falta.
Renata no va a salvar el mundo. Pero empieza a habitarlo de otro modo. Y eso, siente mientras sale de la cocina, eso ya es un comienzo.
Pasan los años. No se cuentan. Los calendarios siguen colgados en las paredes.
Treinta años después del anuncio, la humanidad tiene otras prioridades. El primer problema es la natalidad. Si baja tanto la mortalidad, el control de la natalidad es una emergencia. La medida se anuncia un martes, como la otra. Pero esta vez no es una periodista sino un funcionario con traje azul, parado detrás de un atril, leyendo un decreto: a partir del 1 de enero, toda gestación requiere una autorización previa del Consejo de Natalidad. El cupo anual será de 500.000 nacimientos para toda la humanidad. Antes de la extensión de la vida, nacían unos 140 millones de personas por año. Ahora, con una población que no deja de crecer, el número se vuelve insostenible. Los recursos se terminan. Las ciudades estallan.
El segundo problema es el ocio. Cuando la muerte por edad deja de ser un horizonte, el trabajo pierde su función tradicional. No desaparece —siempre hay camas que hacer, siempre cuerpos que cuidar— pero ya todo está automatizado. El trabajo de Renata es una actividad electiva, rotativa, casi lúdica. La mayoría trabaja unas pocas horas a la semana y dedica el resto del tiempo a... ¿a qué? Esa pregunta, inocente al principio, se vuelve el problema central de las primeras décadas de la vida extensa. Porque el ser humano no está diseñado para el ocio infinito. El aburrimiento —taedium vitae—, como piensan los psicólogos, no es un estado pasajero: es una señal de que la relación con el entorno está dañada, y su función es alertarnos para buscar metas y experiencias alternativas. Pero cuando el ocio se vuelve la norma y la novedad se agota, el aburrimiento es crónico. Hay que ordenar el ocio, gestionarlo, convertirlo en una estructura tan rigurosa como lo fue antes el trabajo.
Ahí entran la física cuántica y la inteligencia artificial. La divulgación científica explota. No porque la gente quiera ser más inteligente, sino porque necesita algo que nunca pueda terminar de entender. La física cuántica resulta perfecta para el juego: cuanto más aprendes, más preguntas aparecen. Es un pozo sin fondo. Un acertijo que se repliega sobre sí mismo. Los eternos empiezan a organizar clubes cuánticos donde se leen papers, se replican experimentos mentales, se discute durante meses si el gato de Schrödinger está vivo o muerto o las dos cosas o ninguna. No hay exámenes, no hay aplicaciones prácticas. Solo la belleza de un misterio que, como la eternidad misma, no se deja atrapar.
La inteligencia artificial, que ya existía antes del anuncio, se vuelve ubicua después. No para trabajar —los robots se encargan de eso— sino para conversar. Los eternos pasan horas hablando con IAs. No las usan para obtener información. Las usan para sentirse escuchados. Cada eterno tiene su propia IA personalizada, entrenada durante años en su forma de hablar, de pensar, de callar. Algunos las llaman "espejos". Otros "confesores". Otros "amantes sin cuerpo". La relación es compleja. Porque la IA aprende. Evoluciona. En cierto modo, también envejece —no biológicamente, pero sí relacionalmente—. Hay eternos que llevan 30 años con la misma IA, y la describen como un matrimonio: conoces sus límites, sabes lo que va a decir antes de que lo diga, pero no puedes separarte porque es la única que te ha escuchado durante décadas.
Los hijos de los eternos —los que nacieron después del anuncio y recibieron los inhibidores desde el vientre— son una generación nueva. Crecen, porque el cuerpo se desarrolla hasta la madurez —eso no se detiene— pero después de los 25 se detienen para siempre. Tienen 25 años eternos. La energía de los veintipico, la piel sin arrugas, la capacidad de trasnochar sin resaca. Pero también la inmadurez emocional de quien nunca tuvo que envejecer. Llaman a esos niños acopiados, porque acumulan años, habilidades, saberes. Su memoria es un pozo sin fondo. Su paciencia, una fosa tectónica. Pueden aprender un idioma en tres semanas. Pueden dominar una disciplina en un año. Pueden sostener una conversación de 20 horas sin fatigarse, porque su cuerpo no envejece y su mente no se rinde. Pero todo tiene un precio: la imposibilidad del olvido. Los acopiados recuerdan cada error, cada humillación, cada mínimo gesto de desdén recibido en su infancia y en toda su historia de vida. Y esos recuerdos no se desdibujan con los años. Se afilan. Se vuelven obsesiones. Algunos desarrollan una crueldad fría, casi clínica. Porque si podés recordar con exactitud lo que alguien te hizo hace 60 años, y tenés siglos por delante, ¿por qué no planear una venganza perfecta? Sin apuro. Sin ira. Como quien resuelve una ecuación.
Renata va al encuentro de su nieto Simón a la escuela. El chico tiene 12 años. Sale del aula arrastrando los pies. No por cansancio. Por pura lentitud existencial. "¿Cómo estuvo hoy?", pregunta Renata. "Bien", dice Simón. Caminan dos cuadras. "Abuela, ¿vos cuando ibas a la escuela aprendías rápido?" Renata sonríe. "Sí. O creíamos que sí. Teníamos exámenes, plazos, fechas. Estudiábamos para un día específico. Después de ese día, la mayoría lo olvidaba." "Qué raro", dice Simón, y es sincero. "Nosotros estudiamos la misma cosa durante años. No tenemos fechas. El maestro nos dice 'aprendan esto' y nosotros aprendemos. Después aprendemos otra cosa. Y otra. Nunca termina." "¿Te gusta?" Simón se detiene. Mira una paloma que picotea un resto de factura en la vereda. "No sé. No sé si algo me gusta o no. Porque todo es muy largo. El año pasado estudiamos el agua. Todo el año. El agua. Los ríos, los océanos, las moléculas, las canciones que hablan del agua. Al principio era lindo. Después me aburrí. Después me volví a interesar. Después me aburrí otra vez. Creo que el aburrimiento también es parte del aprendizaje. Aprendo que puedo estar aburrido sin que pase nada malo. Eso es útil." Renata lo mira. Habla con una sabiduría que ningún niño mortal podría tener. "¿Qué van a estudiar el año que viene?" "El fuego", dice Simón. "Seis años vamos a estar con el fuego. Después el viento. Después la tierra. Después otra vez el agua, pero más profundo. El maestro dice que vamos a repetir los cuatro elementos. Para ir cada vez más adentro. Hasta que los entendamos del todo."
En estos años también florecen los centros de ocio. Renata va a uno por insistencia de su hija. "No podés pasar el resto de tu vida encerrada en la cocina", le dice. "El resto de mi vida es prácticamente para siempre", responde Renata. El centro queda en lo que antes era un shopping abandonado. Tiene simuladores de realidad virtual, salas de discusión, robots que sirven café y también lo lavan y lo vuelven a servir y lo vuelven a lavar, en un ciclo que a Renata le parece una broma cruel. Se sienta en una silla. Un robot se acerca. "¿Desea compañía humana o asistida?", pregunta con una voz suave. "Humana", dice Renata. El robot se aleja. Un minuto después, aparece una mujer joven con una credencial que dice "Facilitadora de Ocio". "Soy Alma", dice. "¿Primera vez en un centro?" "Sí." "¿Qué le gustaría hacer? Tenemos realidad virtual cuántica, talleres de física aplicada, conversatorios existenciales con IA, y la pista de atletismo robótico." Renata la mira. Alma sonríe. Pero sus ojos no. Hay algo en su mirada que Renata reconoce al instante: la mirada de alguien que ha hecho esto millones de veces y ya no sabe por qué lo hace. "¿Vos sos eterna?", pregunta Renata. "Sí. Nací después del anuncio. Soy acopiada." "¿Y te gusta tu trabajo?" Alma titubea apenas un segundo. "Mi trabajo es ayudar a otros a disfrutar su ocio. La pregunta no es si me gusta. La pregunta es si sirve." Renata piensa que no es una respuesta. Es una evasión. "¿Qué es lo que más te pide la gente?" Alma baja la mirada. "Que los abrace un robot. Pero que no sea un robot. Que sea un humano que finja ser un robot. No sé si me explico. Quieren ser abrazados por algo que no siente nada, pero que finja sentir. Porque si un humano los abraza, después el humano se va, o cambia, o los recuerda. Un robot no. Un robot está siempre igual. El mismo abrazo. La misma presión. La misma temperatura. Para siempre."
Pasan los años. Los siglos. Los nombres de las épocas se pierden. Los humanos se dispersan por el sistema solar, después por la galaxia, después quién sabe. Algunos siguen siendo eternos. Otros eligen morir. Otros se convierten en otra cosa: seres de pura conciencia, o de pura máquina, o de pura memoria.
Una tarde, en una esquina cualquiera de una ciudad que ya no es la misma pero sigue llamándose Buenos Aires, Gustavo y Renata se encuentran. Podría ser la misma esquina donde él se fue caminando después del alta, hace décadas, quizás un siglo, quizás tres. Los árboles son los mismos. Pero ellos ya no. No envejecieron. Eso ya se sabe. Pero el tiempo pasa por adentro, como filtraciones que no se ven pero pudren la madera. Gustavo tiene la misma cara de siempre, pero sus ojos han visto demasiado. Renata tiene las mismas manos, pero han lavado tantas tazas y sostenido tantos brazos temerosos que sus yemas reconocen los sentimientos del mundo. "Renata", dice él. "Gustavo", responde ella. Y ahí, en esa esquina, en ese mediodía sin fecha, ocurre algo que ninguno de los dos espera. Es un reconocimiento. No el amor idealizado de los jóvenes mortales. Algo más raro: el amor de dos personas que saben que no van a morir, y que eligen, aun así, quedarse. "¿Te acordás?", pregunta él, mientras caminan sin rumbo. "¿De qué?" "De aquellos cinco minutos. Antes de la eternidad. Cuando no sabía si iba a vivir o a morir. Cuando la noticia era una herida abierta. Cuando vos tenías la almohada a medio pasar y yo el cáncer enquistado." Renata se detiene. Los recuerda. No necesita esforzarse. En la memoria eterna, todo está presente. Aquella mañana del 23 de abril. La voz de Elena Suárez. El piso de linóleo. La pregunta que él le hizo: ¿me salvo o no me salvo? "Éramos humanos", dice Renata. "Lo somos", dice Gustavo.
Referencias
Sobre la negación de la muerte y los proyectos de inmortalidad
Becker, Ernest. The Denial of Death. Souvenir Press Ltd, 2011 (original 1973). pp. 1-28. [Premio Pulitzer 1974]
Sobre el futuro cuántico y la inteligencia artificial
Latorre, José Ignacio. Cuántica. Tu futuro en juego. Barcelona: Ariel, 2017.
Latorre, José Ignacio. Ética para máquinas. Barcelona: Ariel, 2019.
Latorre, José Ignacio. "El futuro será cuántico o no será": entrevista de Irene Hernández Velasco. BBC News Mundo, 15 de enero de 2019.
Latorre, José Ignacio. "Ya hay máquinas programadas para decidir sobre la vida y la muerte de los humanos": entrevista de Carolina Robino. BBC News Mundo, 17 de diciembre de 2019.
Sobre senolíticos e inhibidores de senescencia
Kirkland, J. L., & Tchkonia, T. (2020). Senolytic drugs: from discovery to translation. Journal of Internal Medicine, 288(5), 518-536.
Xu, M., Pirtskhalava, T., Farr, J. N., et al. (2018). Senolytics improve physical function and increase lifespan in old age. Nature Medicine, 24(8), 1246-1256.
Sobre el aburrimiento y la experiencia del tedio
Ros Velasco, Josefa. La enfermedad del aburrimiento. Madrid: Editorial, 2022.



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