ALGUIEN TENDRÁ QUE LIMPIAR TODO ESTO


 
 
 DIGO YO ...
 
Alguien tiene que barrer los escombros
Alguien tiene que mover los huesos
— Wislawa Szymborska, Fin y principio
 
En algún lugar del mundo, el poder se refleja en un hombre . Detrás de él, banderas. Delante, micrófonos que multiplicarán su voz como un eco en un valle vacío. Dice: "El enemigo debe ser aniquilado". La sintaxis es siempre la misma: nosotros contra ellos. No importa el idioma, no importa el dios, no importa el bando. La guerra es siempre un gesto de quienes nunca limpian los escombros.
Aquí en Buenos Aires, otro—que ganó una elección que nadie sabe bien cómo interpretar— se mira al espejo y se ve más grande de lo que es. ¿Quiere ser parte de la foto? ¿Realmente quiere ser parte de la foto? Tuitea, declara, se proclama "el mayor sionista del mundo" . No importa que en su país haya niños que no comen todos los días. No importa que la soja se exporte a países árabes que ahora lo miran con otros ojos. No importa que la mayoría de los argentinos no se interese por el  estrecho de Ormuz aunque suba la nafta antes, durante y después de la guerra y los precios se disparen. Él no se declara argentino en la contienda y quiere ser parte.
La guerra, cuando termina —y siempre termina, aunque nunca del todo— deja algo que los discursos no nombran: las manos que limpian.
Alguien tiene que limpiar los cuerpos de los niños palestinos de debajo de las piedras. Son piedras grises, con el filo de la intemperie. Los niños pesan menos que las piedras, pero duelen más. Alguien —una madre, un vecino, un hombre con una pala y los ojos secos de tanto llorar— tendrá que levantar esos cuerpos y ponerlos en fila, en la fila de los que ya no esperan nada.
Alguien tiene que limpiar el olor de los refugios israelíes. Ese olor a sótano, a humanidad apretada, a promesas que se oxidan. Los niños israelíes aprenden a reconocer el sonido de las sirenas antes que el canto de los pájaros. Alguien —una maestra que ya no sabe qué enseñar, un psicólogo que ya no tiene palabras— tendrá que limpiar el miedo de sus ojos, ese miedo que se instala en la médula y no se va más.
Alguien tiene que limpiar el llanto de las madres iraníes en las afueras de Teherán. Miran al cielo y no saben si lo que cruza el firmamento es una estrella fugaz o un misil con el nombre de su hijo escrito en la ojiva. Alguien tendrá que limpiar esa incertidumbre, ese no saber si el llanto de hoy es por los que ya se fueron o por los que aún pueden irse.
Y mientras todo esto ocurre —mientras los misiles cruzan cielos que no les pertenecen, mientras los presidentes delirantes tuitean desde sus despachos con vista a plazas que ignoran el dolor ajeno—, en una plaza de Buenos Aires, un niño sube a un tobogán. El sol de otoño, ese sol que todavía calienta, le da en la cara. No sabe que el presidente de su país ha comprometido su nombre en una alianza y no le preguntó. No sabe que, en algún lugar del mundo, otros niños de su edad están aprendiendo a tener miedo. Alguien tendrá que limpiar, algún día, esa ignorancia. Explicar por qué el país del maíz, la soja y el tango se metió en una guerra que no era suya. Alguien —un historiador, una maestra jubilada, un poeta que ya no cree en la poesía pero escribe igual— tendrá que barrer las palabras del delirio y dejar la tierra lista para que crezca otra cosa.
Aquí estamos.
Mientras tanto, hacemos esto: escribimos. No para ganar, no para convencer. Para que quede constancia de que alguien,  pensó en los niños antes que en los bandos. Para que, cuando todo esto pase —y pasará, porque todo pasa—, quede al menos el registro de que no todos estábamos ciegos.
Alguien tiene que limpiar todo esto. Y ese alguien, siempre, son los que no fueron consultados.

XIAN, EL MITO COMO EJÉRCITO DE BARRO

"Lo que estamos viendo no es una guerra más entre estados nación. Es el choque de fuerzas que vienen de muy atrás, de estructuras de poder que no se ven en los mapas. Irán no lucha con misiles solamente: lucha con la memoria de imperios que creían eternos y hoy son polvo. El nuevo orden mundial no lo escriben los Rothschild ni los Rockefeller. Lo escriben, si acaso, los que saben leer el polvo."
Así habla Jiang Xueqin en sus clases virales. Y uno escucha y no sabe si está frente a un analista geopolítico o ante un profeta que desentierra ciudades muertas. Porque su discurso tiene la textura de Xian: esa ciudad china donde un ejército entero espera, en silencio de barro cocido, desde hace dos mil años. Guerreros con sus caballos, sus carros, sus armas —todo inmóvil, todo perfecto, todo esperando una resurrección que nunca llega.
El mito, como el ejército de terracota, es eso: una formación de batalla que ya no combate pero sigue imponiendo su forma sobre el presente. Cuando Jiang habla de la "Pax Judeica", de las sectas sabateanas, de los Illuminati, no está haciendo periodismo. Está desenterrando guerreros. Está diciendo: miren, esto que creían pasado, vuelve. Esto que creían enterrado, respira. Y al hacerlo todo cobra sentido, los guerreros de Xian, por más perfectos que sean, son de barro. Un temblor, un golpe, el paso del tiempo, y vuelven al polvo del que vinieron.
Mientras tanto, afuera de los mitos, en la intemperie real, los niños palestinos, israelíes, iraníes —y los niños argentinos que juegan en plazas sin saber— son también un ejército. Pero ellos no esperan resucitar: esperan vivir. Y esa espera, tan frágil, tan de barro también, es el único mito que merece ser contado.

EL BOOMERANG DEL NUEVO ORDEN

"Todo lo que necesitamos es una gran crisis y las naciones aceptarán el Nuevo Orden Mundial."
La frase no es de Rockefeller. O al menos, no hay cinta, no hay papel, no hay archivo que la sostenga. Circula como esos billetes que todos aceptan porque tienen el color del poder, pero que en el banco central de la historia no existen.
Lo que sí existe es otra cosa. En 1991, en una habitación cerrada de Baden-Baden, el banquero agradeció a los directores de los grandes periódicos por haber guardado silencio durante cuarenta años. "Hubiera sido imposible desarrollar nuestro plan para el mundo si hubiéramos estado sujetos a la luz de la publicidad", dijo. Y luego: "El mundo está ahora más sofisticado y preparado para marchar hacia un gobierno mundial. La soberanía supranacional de una élite intelectual y de banqueros mundiales es seguramente preferible a la autodeterminación nacional"
Eso sí está grabado. Eso sí existe.
Y en 2002, en sus memorias, aceptó el cargo: "Si eso es conspirar, me declaro culpable, y estoy orgulloso de ello"
La crisis que ellos imaginaron —la que vendría a ablandar a los pueblos, a hacerlos aceptar lo inaceptable— llegó. Llegó como virus, como miedo, como confinamiento. La pandemia fue ese "gran crisis" que los teóricos de la conspiración señalaban con el dedo tembloroso, y que los verificadores desmentían con paciencia de archivo..
Pero ahora el mundo mira el mapa y ve algo que Rockefeller quizás no calculó: el boomerang.
Ese "Nuevo Orden Mundial" que ellos imaginaron como una red tejida desde Occidente, con los bancos de Nueva York como centro y los medios como telares, hoy tiene otra trama. Rusia, China, Irán —los viejos enemigos del relato— han aprendido la lección. También ellos hablan de un "nuevo orden". También ellos construyen alianzas, controlan energía, disputan la narrativa.
Lo que Washington llamaba "orden basado en reglas", Moscú y Pekín lo llaman "hegemonía". Y mientras Estados Unidos bombardea Irán, una coalición silenciosa se consolida: Rusia condena la "agresión armada", China exige el cese de hostilidades, Corea del Norte ofrece misiles, y países del Sur Global —Malasia, Indonesia, Brasil, Sudáfrica— miran con otros ojos
La crisis que debía domar a los pueblos está domando al imperio.
El boomerang del Nuevo Orden es esto: la herramienta de dominación se ha convertido en arma de los dominados. Lo que era un proyecto unipolar es ahora un campo de fuerzas múltiples. Ya no hay un solo centro que dicta; hay varios, y todos tienen capacidad de fuego.
Y mientras tanto, los niños aquí y allá lejos, se suben a un tobogán sin saber que el mundo está aprendiendo a ser otro, con la inocencia civil que expresa Wislawa: 
 
En la hierba que cubra/ causas y consecuencias/ seguro que habrá alguien tumbado/con una espiga entre los dientes/ mirando las nubes.
 
Siempre habrá alguién que soplará una pluma y se preguntará sobre cómo hacer las cosas para empezar de nuevo.

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