EL INDIO O EL OFICIO DE CREAR Y SABERSE PUEBLO
EL ARTE NO TRASCIENDE SIN PATRIA
El tesoro que no ves, la inocencia que no ves, los milagros que van a estar de tu lado... El tesoro de los inocentes. Indio Solari.
El Indio no fue un académico disfrazado de rockero; fue un poeta que confió en la inteligencia de su pueblo. Y ese pueblo le respondió apropiándose de sus canciones, de sus versos, dándoles nuevos sentidos en las canchas de fútbol y en las plazas, haciendo de su obra una "bandera popular" sin que mediara partido ni vanguardia que la instituyera.
La frase elegida para encabezar la nota dice: Van a estar de tu lado… esto es, van a estar como una compañía, y la frase no está puesta como una certeza vacía. Esa palabra, inocencia, en el universo Solari, no es ingenuidad: es la mirada que aún puede sorprenderse, la que no se ha rendido a la vulgaridad del poder. El tesoro y los milagros están, pero requieren una disposición a ver lo que no está a la vista.
El Indio Solari no se paró nunca en el lugar del que sabe. No dio cátedra, no fundó escuela, no quiso ser padre de nada. Su gesto fue otro: ponerse al costado del escenario, borrar el nombre propio en el torbellino del pogo, hablar con la voz de un tipo que podría estar tomando mate en cualquier baldío del conurbano. Y sin embargo, desde ese costado, desde esa humildad que no es falsa modestia sino posición ética, transformó el lenguaje de miles.
Desde la otra vereda, la del poder y el desprecio, no saben de qué se trata… y más allá de la mirada que lo denigra, el pueblo si comprende esa poesía compleja… y esto se debe, sin duda al respeto que el Indio sostuvo con absoluta coherencia y rigor de oficio, por cada uno de los miles que lo acompañaron siempre.
Su mérito (que no fue nunca meritocrático) fue no invitarnos a la consigna fácil. El Indio nos invito a esa gesta poética de versos crípticos, imágenes oblicuas, y una apuesta fuerte por la densidad –todo eso no fue una muralla para iniciados, sino una confianza radical en la inteligencia del pueblo. El llano no es simple: tiene hambre de profundidad, no de respuestas prefabricadas. El llano abre caminos donde la academia cree que no hay senderos.
Así aparece la responsabilidad del artista popular verdadero –que no es el que simplifica, sino el que roba a Babel, el hermetismo de la cultura.
Un artista popular, si lo es, es responsable de esa apropiación para devolversela a la voz del pueblo. Babel es la torre del saber hermético, el lugar donde los iniciados guardan la palabra para sí mismos. El artista que te imagina –el que Solari fue– es un ladrón sagrado: baja del templo o de la torre aquello que los especialistas acumulan –la metáfora difícil, la imagen oblicua, el concepto complejo– y lo devuelve al pueblo.
No lo vulgariza. No lo explica mal. Lo entierra en la voz colectiva. Ese robo no es traición a la cultura, es su restitución ética. La poesía difícil, puesta en boca del pueblo, deja de ser un privilegio y se vuelve patrimonio.
Vox populi, vox Dei, el Indio usaba a veces el latín. No por erudición vana, sino porque sabía que ciertas verdades visten mejor la toga de una lengua muerta, para volverse inmortales. Decimos, Vox populi, vox Dei: la voz del pueblo es la voz de Dios. No como sumisión acrítica, sino como reconocimiento de una autoridad que no viene de arriba. El pueblo no es Dios porque sea infalible, sino porque su voz es el lugar donde lo sagrado se hace carne colectiva, equivocada, plural.
Si la voz del pueblo es la voz de Dios, el artista que logra poner el hermetismo de Babel en esa voz se vuelve intérprete de lo sagrado sin ser sacerdote, por eso la misa...por eso trasciende. No porque su nombre se recuerde, sino porque su lengua sigue y seguirá siendo hablada y sus versos circulando en los pogos y en las plazas, de generación en generación.
Porque él, seguramente sabía algo que la tradición del genio solitario olvida: que el artista no es el que posee la palabra, sino el que la habita de un modo tan encarnado que otros pueden reconocerse en ella. No hay artista posible si no se sabe uno más de su pueblo. Uno más. Ni el elegido, ni el iluminado, ni el que está por encima. Uno más, que ha aprendido a hacer con la palabra lo que el albañil con la cuchara, lo que la costurera con la aguja: un trabajo manual del alma, hecho de la misma materia que la vida de los de abajo.
En las misas ricoteras, cientos de miles de cuerpos se movían al ritmo de una música que no pedía permiso. Pero lo que ocurría allí no era veneración de un ídolo. Era, más bien, la comprobación colectiva de que el arte puede –sin dar respuestas, sin entregar programas– dar herramientas. Herramientas para nombrar la bronca, para tramitar el desamparo, para desconfiar del lujo y su vulgaridad. Herramientas para reconocerse en el otro, aunque nunca hayas cruzado una palabra con él.
La muerte del Indio, en ese sentido, no hizo más que revelar lo que ya estaba: su ausencia no deja un vacío de liderazgo, porque nunca hubo líder. Deja, en cambio, un territorio compartido, un idioma común, una manera de decir "estamos" sin necesidad de arenga o cómo dijo un hombre de la multitud: “El indio me hablo al oido y me salvo”. ¿De qué? De la locura que genera el permanente desamparo. Y eso es lo que todos sabemos y el Indio que era pueblo, también.
Por eso, no hay arte que trascienda el tiempo si no tiene Patria. No una patria abstracta ni patriótica –la Patria como el territorio de los cuerpos que comparten una lengua, una herida, un gesto. La Patria del llano que el Indio habitó sin decirlo, porque era su oficio de saberhacer y hacer como uno más en el dolor del pueblo.
El Indio se fue, pero sus canciones no murieron con él. Porque cuando el artista se sabe uno más, su obra deja de ser suya, se vuelve de todos. Y entonces, recién entonces, el arte puede cambiar la realidad –no porque la resuelva, sino porque la habita de otro modo. Porque le da un ritmo, un nombre, un respiro.
Nos merecemos bellos milagros, y ocurrirán. Y, el Indio, supo ser una forma del milagro argentino.


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