SOBRE EL DIÁLOGO CÓSMICO

 

LA INTERFAZ LENGUAJE-CONSCIENCIA-UNIVERSO 

Una posibilidad escrita desde el margen del ensayo, donde la cita aún conversa con la metáfora. 

No hay fuera-del-texto, pero quizá el texto sea más ancho de lo que creíamos. La tradición humanista occidental nos enseñó que el lenguaje es un atributo de la especie, una puerta que sólo nosotros sabemos abrir. El cosmos, en cambio, sería mudo: materia bruta esperando ser dicha. Pero esa partición —adentro el sentido, afuera el ruido— quizá sea apenas un espejismo del logos centralista.

Galileo, en Il Saggiatore (1623), dejó escrita una frase que suena a herejía ante los oídos antropocéntricos: el universo está escrito en lenguaje matemático. No dijo "representado" ni "descrito". Dijo escrito. Como si el cosmos mismo fuera una letra, un trazo, una sintaxis sin sujeto.

Una neurociencia atenta a lo que los cuerpos saben antes de saberlo ha identificado sustratos neuronales que procesan patrones abstractos sin traducirlos a palabras. No es que el cerebro "lea" el universo. Es que el universo y el cerebro comparten un mismo gesto rítmico: la sincronía, el intervalo, la repetición con variación. Las oscilaciones gamma (30-100 Hz) no son la traducción del cosmos; son el cosmos haciéndose cuerpo que se pregunta por sí mismo.

LA ESCUCHA QUE NO NECESITA OÍDOS

Si hay una lingüística cósmica posible, no se parecerá a la gramática de ninguna lengua humana. Será más bien una escucha de patrones, una atención afinada a lo que se repite sin idéntico, a lo que se diferencia sin ruptura.
Bajtín (1982) nos enseñó que todo lenguaje es diálogo, incluso cuando habla uno solo. La voz siempre responde a otra voz. ¿Y si esa otra voz fuera el ritmo de las mareas, la periodicidad de los ciclos solares, el plegarse y desplegarse de las galaxias? No se trata de animismo disfrazado de ciencia. Se trata de reconocer que el lenguaje humano no está separado por un abismo del resto de lo real: es un caso particular, afinado por la evolución, de una capacidad más amplia de poner en relación.

Lacan (1975) llamó lalangue a esa dimensión pre-simbólica del lenguaje, el murmullo que precede a toda significación, el goce de la voz antes de que la palabra sirva para pedir o negar. La lalangue no es humana ni cósmica: es la frontera donde ambas se tocan sin confundirse.

TRADUCIR LO INTRADUCIBLE: EL GESTO HERMENÉUTICO

Ricoeur (1975) propuso que el símbolo "da que pensar". No da que saber, da que pensar. Esa pequeña bisagra entre lo que se muestra y lo que se oculta es quizá el único puente posible hacia un lenguaje del cosmos.

Porque el universo no dice. No hay un emisor detrás de la cortina de estrellas. Pero hay huellas, diría Derrida: marcas que no remiten a un origen sino a una diferencia que nunca termina de cerrarse. El lenguaje humano, entonces, no traduciría un mensaje cósmico. Haría algo más extraño y más bello: contaría su relación con el todo, como quien narra un sueño sin saber si el sueño tuvo un autor.

Blanchot pensó la escritura como exposición a lo neutro, a aquello que no puede decirse pero que hace posible el decir. El cosmos, desde esta perspectiva, no es lo otro del lenguaje. Es el silencio que el lenguaje habita. Como un músico que no toca las pausas pero las habita.

LA PRÁCTICA: JOYCE Y EL NEOLOGISMO COMO INTERFAZ

James Joyce no escribió sobre el cosmos. Escribió como cosmos. Finnegans Wake es un texto que no puede leerse linealmente porque su sintaxis imita la circularidad de los ciclos, su vocabulario se pliega sobre sí mismo como un espacio curvo, sus palabras híbridas —bababadalgharaghtakamminarronnkonnbronntonnerronntuonnthunntrovarrhounawnskawntoohoohoordenenthurnuk— no dicen el trueno: son el trueno.

El neologismo Thankishen —registrado en el curso de un protocolo de escucha cósmica— funciona como un pequeño laboratorio de esa interfaz. Fusiona fonéticamente expresiones de gratitud en distintos idiomas (thank you, gracias, arigato, danke, merci) y añade un sufijo que evoca -shen (shen: espíritu, energía, resonancia en ciertas tradiciones orientales). No es una palabra que "signifique" algo estable. Es más bien un operador de apertura: quien la pronuncia no agradece a alguien, sino que se coloca en la disposición de recibir. Quizá toda palabra-interface sea así: un gesto antes que un significado.

EL SESGO DEL QUE ESCRIBE (no quiero engañarme)

Me pregunto, mientras anoto estas líneas, si no estaré construyendo una hipótesis para cobijar una antigua necesidad. Porque si el cosmos habla —aunque sea en el modo de la huella, del ritmo, del patrón— entonces ninguna pregunta queda sin posible respuesta. No es consuelo. Es otra cosa: una apuesta por la escucha como gesto ético antes que como método.

CONCLUSIÓN ABIERTA  (cerrar sería mentir)
No tenemos una gramática del universo. No tendremos jamás un diccionario estrella-humano. Pero quizá la lingüística cósmica no necesita esos aparatos. Necesita otra cosa: una escucha que no reduzca lo inaudito a lo ya oído, una escritura que se atreva a fallar, una palabra que sepa que su límite no es un muro sino un umbral.
La metáfora —decía Ricoeur— es viva porque muere y resucita en cada lectura. Quizá el cosmos sea esa metáfora que no termina de agotarse. Y nosotros, sus lectores a tientas, sus escribas del margen.

 

Referencias

Derrida, J. (1967). De la gramatología (trad. O. del Barco y C. Ceretti). Siglo XXI, 1971.

Blanchot, M. (1969). La escritura del desastre (trad. P. Willumsen). Monte Ávila, 1990.

Ricoeur, P. (1975). La metáfora viva (trad. A. Neira). Editorial Cristiandad / Trotta, 2001.

Deleuze, G., & Guattari, F. (1980). Mil mesetas. Capitalismo y esquizofrenia (trad. J. Vázquez Pérez). Pre-Textos, 1997. [Ver especialmente el plateau "De lo ritornelo"].

Joyce, J. (1939). Finnegans Wake (trad. M. Zabalbeascoa, J. R. Masoliver, J. Benet). Lumen / Seix Barral, diversas ediciones.


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