I LA DESERCIÓN DEL INSTANTE

 


Estamos en guerra. No porque un indolente nos haya puesto en la mira de un conflicto que no es nuestro, sino porque es nuestro en tanto la humanidad misma está bajo una mirada racista a la que se suma el riesgo de un conflicto termonuclear. Frente a esto, nada podemos hacer más que abrazar a la humanidad y valorar lo mínimo que encarna lo más auténtico del ser.

¿Qué significa esta escalada bélica para los pueblos? La guerra se desplaza del campo militar al campo biopolítico. Son tiempos de precarización. Cuando Foucault habla de la matriz de lo político en la guerra, invierte la proposición clásica de Clausewitz. La mirada de Clausewitz, la guerra como continuación de la política por otros medios, es sostenida por Foucault a la inversa, dónde la política es la guerra continuada por otros medios.

Así, Foucault, desarrolla la idea de que el poder político no surge de un contrato original que pone fin a la guerra, sino que nace en la guerra y la perpetúa bajo formas aparentemente pacíficas. El poder es "el orden de la guerra desplegado en términos de coerción civil".*1 Y entonces las decisiones de quienes gobiernan - más allá del grado de locura de los gobiernos- terminan siendo funcionales a la extinción de las personas..

Para Foucault, la biopolítica es el mecanismo por el cual el poder se ocupa de la vida de la población (natalidad, morbilidad, longevidad, salud, hábitat) La guerra, en este marco, adquiere una nueva función: ya no solo la confrontación entre Estados, sino la gestión de la vida y la muerte en términos de “racismo de Estado”.

“La función del racismo es fragmentar, establecer cortes en el campo biológico que es el dominio de la biopolítica (...) Hacer vivir y dejar morir: el racismo es lo que permite establecer una relación del tipo guerra: “si quieres vivir, es preciso que mueran” *2

Los ataques sistemáticos a ciertos colectivos, como por ejemplo: el desfinanciamiento por parte del Estado a sectores vulnerables (discapacidad, tercera edad, infancias) aumenta los límites de la biopolítica para convertirse en necropolítica, básicamente, la política de la muerte.

 “La expresión necropolítica, designa las formas contemporáneas que toman la subyugación de la vida al poder de la muerte. La guerra entendida como la suspensión de la diferencia ontológica, entre el enemigo y el combatiente, entre el combatiente y el civil, entre la vida y la muerte, se transforma en el fundamento de una nueva forma de soberanía” *3

De esta forma la guerra no requiere necesariamente de un conflicto armado formal, alcanza con la muerte de ciertas poblaciones. Y, cuando se desplaza del militar a la biopolítica,  es simplemente,  su versión más letal. 

La precariedad de la vida de los pueblos, ya es la guerra sin artificios, silenciosa y permanente.. Basta ver en nuestra actualidad, como la clase media (clase trabajadora) y los sectores vulnerables, carecen de los medios para cubrir necesidades básicas como salud, vivienda, educación. Sumado a esto observamos cómo  ocupa sus días en dos o tres trabajos para llegar a fin de mes. Esto nos muestra la sustracción del tiempo que sufre la población. El tiempo cronometrado y el tiempo subjetivo, están desbalanceados en esta guerra silenciosa. El exterminio es paulatino y desolador. Sin embargo, como dice Kristeva:


“Hay una revolución posible: la del tiempo íntimo. Contra el tiempo del sentimiento, como el tiempo que se mide, que se factura, que se convierte en mercancía. El tiempo íntimo es el que no se deja atrapar.” *4

La mediocridad y el desatino de los gobernantes y la voracidad del poder económico que concentra el capital en muy pocas manos,  deprimen a los pueblos, ejercen sobre ellos una coerción sistemática, empujando a las personas a una positividad de autoexplotación y rendimiento permanente.

“La gran victoria del neoliberalismo, ha sido la construcción de un nuevo sujeto, aislado de su contexto, que asume su libertad de manera radical. Esa libertad aparece bajo el concepto de “se tu propio jefe”. Ser jefe de uno mismo implica considerarse responsable de todo éxito y fracaso, y ser a la vez, sujeto y objeto de la explotación. Esta interiorización del imperativo de ser productivo para sumir al sujeto en una explotación sin límites.” *5

Pero la precarización tiene muchas caras. Una de ellas se llama cansancio, y tiene uniforme.Una enfermera  no sabe de revoluciones. Sabe que hace horas que no se sienta. Sabe que sus pies duelen dentro de los zuecos de goma. Sabe que el reloj marcó las cuatro hace rato pero el turno empezó a las siete y todavía no termina. En el pasillo del hospital, entre el carro de medicamentos y la silla de plástico, se toma un minuto que no está en ningún registro. No es su hora. Saca del bolsillo —el derecho, el que está más cerca del corazón— un paquete de galletitas de arroz. Las abre con el gesto de quien conoce la resistencia del papel aluminio. Se sienta. Mira la pared blanca. No hay nada en esa pared. Ese blanco que en otros momentos sería desolación, ahora es tregua. Mastica despacio. Sus pies, dentro de los zuecos, se aflojan. El talón se separa del piso. Ese espacio minúsculo entre el talón y el suelo es suyo. La pared en blanco también es suya: sin las sombras, sin los ruidos de lo abyecto, puro vacío de sí en sí. Kristeva dice que el poder no solo roba recursos: roba tiempo. Sobre todo roba el tiempo que no rinde, el que no se mide, el que no se puede facturar.

Detenerse —aunque sea un minuto, aunque sea en una silla de plástico frente a una pared blanca— es un acto. No grandilocuente. No heroico. Pero humano. Describir este minuto —el que ella se toma, el que todos nos tomamos alguna vez en medio del ruido— es confrontar nuestra humanidad con el poder que nos cosifica. Porque el poder quiere que seamos funciones: enfermera, empleada, ciudadana, consumidora. Quiere que nuestro tiempo sea productivo o no sea.

La enfermera, al sentarse, no solo se toma un descanso: se toma un parate. Deja de ser función. Deja, también, por un instante, la solidaridad con el dolor del otro —esa demanda infinita que nunca se apaga en un hospital— para volver sobre sí. No es egoísmo. Es condición de posibilidad para seguir siendo humana.

Ese parate, ese minuto que no rinde, que no se explica, que parece un sinsentido dentro de la lógica de la productividad, es en realidad el nuevo sentido: la revuelta ya no es la barricada ni el discurso encendido. Es la legitimación del tiempo propio, la certeza de que ese espacio entre el talón y el suelo, esa pared blanca sin sombras, nos pertenece. Y que nombrarlo, escribirlo, compartirlo, es devolverle a cada gesto humano su dignidad. Porque esos gestos —la enfermera que mastica despacio, la que levanta escombros, la que comparte la olla, la que escribe nombres en un cuaderno— son la humanidad que se despliega en medio de la guerra. No la detienen, pero la habitan de otro modo. Y al habitarla, la desmienten.

Un conductor de aplicación tampoco sabe de revoluciones. Sabe que lleva seis horas con la espalda pegada al asiento. Sabe que el celular en el soporte sigue marcando “conectado” aunque sus ojos ya no enfocan. Sabe que la calificación bajó un décimo porque ayer un pasajero se quejó del olor a comida en el auto —ese olor de la vianda que come mientras espera un viaje, porque no hay otro momento. También él se promete una pausa, pero la aplicación parpadea: “zona de alta demanda”. Es su propio jefe, le dijo el tutorial cuando se inscribió. Pero el algoritmo mide sus silencios, penaliza sus demoras, lo convierte en un nudo de responsabilidades sin red.
Hasta que un día, en medio de la noche, estaciona en una calle vacía, apaga el motor, cierra la aplicación. Saca del portavasos un termo con mate. Mira el parabrisas empañado como una pantalla que ya no muestra la ciudad, que se vuelve una superficie neutra. No hay nadie. Sus manos, libres del volante, descansan sobre los muslos. Ese minuto no está registrado. No tiene pasajero, no tiene destino, no tiene puntuación. Es suyo. También él, por un instante, deja de ser función.


Esta guerra silenciosa —la que no declara pero mata, la que roba tiempo, la que convierte vidas en funciones descartables— no es un destino. Es un diseño. Tiene nombres: políticas de desfinanciamiento, racismo de Estado, algoritmos que penalizan la pausa, gobiernos que miden la vida en ganancias. Tiene una lógica: la del poder que, como dijo Foucault, nace en la guerra y la perpetúa bajo formas aparentemente pacíficas. Tiene un dispositivo: la autoexplotación que, como señala Han, nos hace creer que ser nuestro propio jefe es libertad cuando es la forma más eficaz de expropiarnos el tiempo.
Frente a eso, un minuto robado al cronómetro no es una victoria. Pero es una deserción. Y cada deserción —la enfermera que se sienta, el conductor que cierra la app, la mano que escribe este gesto para que no quede en el olvido— es una pequeña interrupción en el engranaje. La guerra no cesa. Pero, por un instante, deja de ser el único relato.
Para quien lo necesite: ese minuto también es tuyo. Ese parate, ese vacío de sí en sí, esa pequeña revuelta silenciosa.

Referencias:
*1 Foucault Michel. Hay que defender la sociedad. Curso del College de France (1975-1976)- Trad. Horacio Pons. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 2001 (Lección 7 de enero de 1976, pp.25-32)
*2 Foucault Michel, idem *1, 17 de marzo de 1976. Referencia complementaria: Foucault Michel . Nacimiento de la biopolítica. Curso del College de France (1978-1979) Trad Horacio Pons. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica 2007.
*3 Mbembe Achille, Necropolítica. Publicado originalmente como “Necropolitics” en Public Culture 15, n°1 (2003) 11-40 trad. Elisabeth Falomir Archambault. Madrid: Melusina, 2011/ Barcelona - Taurus 2020.
*4 Kristeva Julia.Esta cita circula en entrevistas y antologías, aunque no pertenece a una obra mayor sistemática. Aparece en contextos donde Kristeva vincula la "revolución poética" (de la que habla en La revolución del lenguaje poético, 1974) con la experiencia cotidiana de resistencia temporal. La revolución del lenguaje poético. 1874. Trad. Ana Elena Lemaire. Barcelona - Editorial Seix Barral 1981./ Alli desarrolla la noción de tiempo lógico y tiempo cronológico, y la subversión del sujeto a través del lenguaje.
Kristeva J- El tiempo de las mujeres. Conferencia de 1979. Publicada en Tiempo y memoria. Madrid. Editorial Trotta, 2001.
Kristeva J. Contra la depresión nacional. Entrevistas. 1998, dónde habla de la precarización del tiempo en el trabajo de cuidado.
*5 Han, Byung-Chl. Vida contemplativa. Elogio de la inactividad. 2023. Trad. Joaquín Chamorro Mielke. Barcelona. Herder,2024







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