DE ROTUNDUS I (narrativa simbólica)
LA CEREMONIA DEL SÍNTOMA
Tomamos un café. Hablamos del gobierno, de la realidad, de la justicia, de cosas que nos superan para no hablar de lo que nos atraviesa. Él sigue siendo ese hombre apurado por atrapar algo que perdió hace tanto que ya es solo un gesto,
un reflejo sin objeto. Por lo demás, siempre cuento con él para todo lo que no tiene razón de ser. Por ejemplo: noches atrás, siento chillidos en la parte superior de la ventana, lo llamo por teléfono y viene. Cuando llega, apoya la frente en el marco, no para escuchar mejor, sino para estabilizarse, y me dice: ”¡Tenés los tapa rollos llenos de murciélagos!“. Me pidió el destornillador con una sonrisa que era un puente demasiado frágil. Ahí estaban: una congregación de sombras vivas, aferradas a la madera.
Ni él ni yo somos gente de andar matando bichos. Yo quería que se fueran, pero sin lastimar. Sin añadir más daño al que ya flotaba en el aire entre nosotros. Así es que, después de pensar una estrategia, decidí que no quería quedarme y fui a dormir a su casa.
Al otro día salimos a buscar algo para transportarlos. Tenía que ser enorme. Conseguimos una pajarera amplia. La idea era desprenderlos, ponerlos en la jaula y llevarlos hasta la plaza de Las Heras y Pueyrredón. Era la plaza ideal, con esa facultad que es como una iglesia gótica—un refugio para criaturas nocturnas.
A mí las ratas y los murciélagos me impresionan mucho. Pero los murciélagos son diferentes. Me producen una fascinación repelente. Son la antinomia hecha cuerpo.
Antes de que oscurezca, llegó para sacarlos. Mi primera intención fue hacerlo entrar al dormitorio y mantener la puerta cerrada.
Ni él ni yo somos gente de andar matando bichos. Yo quería que se fueran, pero sin lastimar. Sin añadir más daño al que ya flotaba en el aire entre nosotros. Así es que, después de pensar una estrategia, decidí que no quería quedarme y fui a dormir a su casa.
Al otro día salimos a buscar algo para transportarlos. Tenía que ser enorme. Conseguimos una pajarera amplia. La idea era desprenderlos, ponerlos en la jaula y llevarlos hasta la plaza de Las Heras y Pueyrredón. Era la plaza ideal, con esa facultad que es como una iglesia gótica—un refugio para criaturas nocturnas.
A mí las ratas y los murciélagos me impresionan mucho. Pero los murciélagos son diferentes. Me producen una fascinación repelente. Son la antinomia hecha cuerpo.
Antes de que oscurezca, llegó para sacarlos. Mi primera intención fue hacerlo entrar al dormitorio y mantener la puerta cerrada.
Gritó: ¡Ayudame a sostener el tapa rollos! Vení que ahora están dormidos, amor”
Cuando saco el cajón, estaban tiesos, pegados a la madera. En el primer momento no nos animamos a tocarlos. Nos quedamos fascinados mirándolos. Ian me miró como esperando mi consentimiento para dejar las cosas como estaban.
“Me impresionan mucho”, le dije. Él lo entendió y puso manos a la obra. Con mucho cuidado sacó el primer murciélago. Yo abrí la jaula.
Inmediatamente notamos que si no los sacábamos más rápido, las cosas se iban a poner mal. Me preguntó si estaba dispuesta a ayudarlo, si era capaz de agarrarlos. Respiré muy hondo. Sin embargo, intuí que no era la misma fobia. Ian desprendió al siguiente y me lo dio con cuidado. Y, sorpresivamente, no tuve ganas de soltarlo. Uno a uno los fuimos metiendo en la jaula. Tuvimos que cazar unos tres o cuatro que comenzaron a volar por la habitación.
Cuando tuvimos a todos, esperamos a que se hiciera de noche y salimos caminando hacia la plaza, sintiendo los chillidos y el golpeteo de las alas contra las rejas.
Al fin, los fuimos soltando. Algunos caminaban por el piso. Arrastraban las alas con torpeza. Otros volaron inmediatamente hacia el edificio de la universidad.
No sé si fue por los murciélagos, pero se le dio por hablarme de Eso: “de la de alas oscuras”. Como si al hablar se fuera exorcizando de ese lugar que, bueno o malo, ya no era suyo.
Me contó más de lo que yo quería saber. No por ser algo terrible. No. Diría que más bien, era que no me gustaba verlo así, tan vulnerable a una figura estrechamente ligada a su pasado.
Ah! Sí. Los murciélagos. Al levantar vuelo son apenas un poco más oscuros que el cielo. Uno de los rezagados se pega a la luz blanca del foco. Cuando se lo muestro a Ian, no lo quiere ver y se molesta conmigo, dice que siempre veo la parte fea de lo que pasa. Le digo: “Ese murciélago es de los que chupan. Vamos a otra parte!”
Pero Ian se siente cada vez más cómodo en el banco de la plaza y se tira para atrás y estira las piernas y provoca al murciélago, levantándose la manga del pantalón. “¡Sh! Quedate quieta, quiero ver si viene a chuparme la pierna…” Hice silencio. Me quede quieta. Y estuvimos un buen rato así. El murciélago arriba, en el farol, inmutable y nosotros dos sentados sin decir palabra.
Finalmente planeó hasta el suelo. Cayó a cincuenta centímetros de la pierna de Ian.
Estoy enamorada de Ian. Tiene una voz muy personal y juega con las palabras. Pero Ian tiene un amor prohibido. Es a Eso a lo que llama “esa mujer de alas oscuras”.
Desde que nos conocimos, comprendí que él podría ser mi compañero. Reconocí en él las aristas de una personalidad absolutamente compatible con la mía. Por eso, advertida por mis diversas experiencias, convenimos casi en un pacto único y secreto, que nuestra relación estaría fundada en un amplio respeto a la libertad del otro. Tal vez, sea eso, lo que haya dado tanta vitalidad a nuestra relación. Uno de esos temas y el único que ha puesto siempre en peligro nuestra vinculo es sin duda...
Aunque él no me lo diga, yo sé cuándo va a verla. Sé de su piel blanca y del pelo rojizo, de sus ojos cristalinos. No, no le tengo celos, pero la medida de su insistencia es proporcional a mi temor.
Es una noche primaveral. Ian provocó al murciélago y allí está acercándose. Ahora, se esconde bajo el banco de la plaza, detrás de su pantorrilla desnuda y le clava los dientes. Él reacciona con calma, observa el vampirismo por un rato. Hace que lo suelte con un rechazo y sale volando con un chillido lamentoso.
- ¡Ay!
- No, no duele.
- Igual me impresiona. No soporto que te hagas lastimar así.
- No mientas. No vas a decir ahora, que no te fascinó la idea. Hace un minuto vieras la cara que ponías. Estabas expectante.
- Por supuesto...¿Cómo no me va a llamar la atención?.
Es un murciélago. Nunca tuve oportunidad de ver un murciélago tan de cerca y en acción.
- ¿Qué se dice, entonces…?
¡Gracias, Ian, por dejarme ver como te dejas morder la pantorrilla por un bicho!
Me enojo y el se ríe. Me jode.
Las circunstancias cambian, pero siempre hace lo mismo. Arma hermosas escenas, me cautiva y después se desploma, se diluye, se va. Me duelen las noches en las que pasa esto.
Estoy, ahora, sola en la plaza. Esperando que se vaya del todo para recuperarme de lo que no quiero ver de él y se impone.
Cuando desaparece de mi vista, me siento libre. Estoy segura, ahora, va a la casa de Esa. Lo sé.
Ian, a estas horas, estará entregándose a su vientre blanco, estrechando los labios a su pureza engañosa, hasta que lo expulse, lo rechace, lo llene de culpa por eso. Habrán volado un rato y él se habrá quitado un peso de encima, gritando y reclamando un amor imposible. Y Ella…¡Ay! Ella… Lo va a hipnotizar como siempre para que la realidad no lo toque mientras sueña.
Suena el celular. Es Ian.
- ¿Qué se dice, entonces…?
¡Gracias, Ian, por dejarme ver como te dejas morder la pantorrilla por un bicho!
Me enojo y el se ríe. Me jode.
Las circunstancias cambian, pero siempre hace lo mismo. Arma hermosas escenas, me cautiva y después se desploma, se diluye, se va. Me duelen las noches en las que pasa esto.
Estoy, ahora, sola en la plaza. Esperando que se vaya del todo para recuperarme de lo que no quiero ver de él y se impone.
Cuando desaparece de mi vista, me siento libre. Estoy segura, ahora, va a la casa de Esa. Lo sé.
Ian, a estas horas, estará entregándose a su vientre blanco, estrechando los labios a su pureza engañosa, hasta que lo expulse, lo rechace, lo llene de culpa por eso. Habrán volado un rato y él se habrá quitado un peso de encima, gritando y reclamando un amor imposible. Y Ella…¡Ay! Ella… Lo va a hipnotizar como siempre para que la realidad no lo toque mientras sueña.
Suena el celular. Es Ian.
—¿Dónde estabas? —Su voz no es un reproche, es un susurro ronco, una rendija por donde se cuela el vacío.
—En el Mausoleo de la Paciencia. Tratando de leer un libro de crítica de arte y esperando que vuelvas bien.
—¡Qué bueno eso! —dice, y en su tono no hay ironía, solo un cansancio infinito.
—¿Qué bueno, qué?
—Que esperes. Siempre esperás.
Un silencio. Yo no pregunto. Ya sé.
—¿Estás con Ella, no? —digo al fin, por el ritual de nombrarlo.
—No. Mi amor… ¿Qué decís? —Su negación es automática, plana.
—Estás con Ella. No me mientas. Y… ¿qué vas a hacer ahora?
—No… No… Estoy aquí. No me importa nada. Pensá lo que quieras. No me hagas sentir culpable.
—Ya te lo dije mil veces: no se trata de estar con Ella o no, sino de lo que Ella te hace hacer. ¿Cuál es el plan, ahora?
Otro silencio. Más largo. Respira hondo.
—No… No…. Bueno.
—¿Bueno qué, Ian?
—¡Sí! —exhala, un alivio obsceno—. Confieso que estoy con Ella. Que estuve con Ella y que no me importa nada.
Corto.
No corto con rabia. Corto porque el diálogo es una habitación vacía donde sólo resuenan los ecos de lo que ya no se puede nombrar.
Sinceramente, no me importa lo que haga con la de alas oscuras. Pero tiemblo.
Tiemblo no por el miedo a la violencia, sino por el horror al vacío. Por la certeza de que amanecerá en un lugar del que no podrá volver, o desde el que volverá tan distante que ya no lo reconoceré.
Renuncio al desamor, cedo mi custodia silenciosa, espero lo inevitable.



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