DE ROTUNDUS II (narrativa simbólica)
REINA EN TABLERO AJENO
Son las 10 de la mañana y no llamó. Las 11. Esta ropa no me queda bien, no soy yo. Me visto como si aún tuviera un reino que gobernar, pero mi rey abdicó hace tiempo. Sólo queda la ficción del ornamento.
A las 12 menos cuarto llama Yarro.
A las 12 menos cuarto llama Yarro.
– Dice Ian, que lo disculpes. Estamos en Otamendi y vamos ahora para el centro.
– ¿Cómo en Otamendi? ¿Qué hacen en Otamendi?
– Vinimos a reunirnos acá con Ian. Está terminando de hacer un trámite y vamos para allá.
– No entiendo nada.
– ¡Pará, pará, que ahí viene!
– Hola, hermosa mía.
– ¿Se puede saber qué hacés en Otamendi?
– La verdad. No sé qué hago en Otamendi. Me desperté y estaba aquí.
– ¿Sólo?
– No. Con ella. Pero quedate tranquila, no pasó nada. Te extraño.
Te extraño. Palabras de peón que cree que puede moverse en diagonal. Ian ya no es mi rey; es una pieza suelta en un tablero ajeno, jugando una partida que no entiende. Yo sigo aquí, reina de un ajedrez que se disolvió, aprendiendo a moverme sin que mi poder dependa de su protección.
El grupo—Yarro, Zim, los otros—es mi tablero de refugio. Un sustituto donde fingimos que las reglas aún importan. Aquí, mi poder de reina es una ficción que todos aceptamos para no admitir que jugamos con las piezas vacías. Ellos son mis alfiles torpes, mis caballos cojos. Juntos, inventamos estrategias para una guerra que ya perdimos.
Alsina trae sus jeroglíficos como si descifrara el mundo. Petrorian memoriza billetes para creer que el dinero no se escapa. Zim inventa la MF41, una máquina que promete ordenar el caos. Son hombres que creen en las reglas. Yo creo en el poder del movimiento, pero Ian me enseñó que sin un jugador que te dirija, sos madera tallada.
Él llega finalmente. Trae el olor de otra partida en la ropa. Lo miro y no veo a mi rey; veo un peón coronado por manos ajenas, intoxicado de una libertad que es sólo desbande. “Conseguimos un lugar para trabajar tranquilos en el caso”, dice. El caso. Siempre un caso, un proyecto, una estrategia. Nunca la verdad: no jugamos en el mismo tablero.
Yo podría jaquear. Podría revelar que conozco sus movimientos, que he estudiado cada fuga suya. Pero una reina no jaquea por despecho; jaquea para ganar. Y aquí no hay nada que ganar. Solo casillas que llenar para que el tiempo pase.
En la reunión, repartimos roles como si fuéramos seres de propósito. Yarro el oráculo, Zim el inventor, Gregor el traductor. Yo, la reina. La que podría moverme en cualquier dirección pero elige quedarse en una esquina, protegiendo a un rey que ya no existe.
– ¿Hola? – dice Ian al teléfono, horas después – ¿Vas a venir?
Pienso en las alternativas. ¡Mis alas! ¿puedo volar?
-¡Puedo volar!
Pero volar sería abandonar el tablero. Y yo nací para este juego. Aunque las reglas hayan cambiado, aunque mi rey se rindiera, yo sigo aquí. Porque el poder no está en ganar, sino en seguir jugando cuando ya no queda nada por ganar.
Cuando llego, están todos allí. Ian me besa con la boca de quien viene de perder una partida en otro lado. No pregunto. Sé que la mujer de alas oscuras es ese caballo negro que salta fuera de las reglas, que ofrece una libertad falsa que es sólo caos.
Nos sentamos. Hablamos de la MF41 como si fuera la salvación. Pero yo sólo veo piezas movedizas en un tablero que se desvanece. Brindamos. Primero por lo que aspiraremos a hacer. Luego por lo que esperamos hacer. Tercero por el acuerdo. Cuarto por lo que no se va a hacer.
El cuarto brindis es el único honesto: brindamos por nuestra propia nadería. Por saber que inventamos estrategias para no enfrentar el vacío que hay entre nosotros.
Zim me entrega la MF41 para que la pruebe. La sostengo. Es ligera, frágil. Un artefacto disfuncional para un mundo disfuncional. No es la solución. Es otra pieza en el tablero. Una pieza que moveremos hasta que se rompa o hasta que nos olvidemos de ella.
Ian me sonríe desde el otro lado de la mesa. Es otra pieza más. Y yo, su reina, aprendo por fin la jugada más difícil: moverse sola. No para ganar, sino para no morir en la casilla donde él me dejó.
Los murciélagos vuelven a mi mente. Ellos sí saben moverse en la oscuridad sin un tablero que los guíe. Aprenden de la noche. Yo de este desastre.
Al fin, la partida no era contra Ian ni contra Ella. Era contra mi propia necesidad de un rey al que servir. Jaque a mí misma. Y no me rindo.



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