DE ROTUNDUS III (narrativa simbólica)

 

 
LA MÁQUINA DE VER

Abro la cartera, tomo el cepillo, me suelto el pelo y salgo a la calle. No huyo. Avanzo. La vereda de la plazoleta es un mundo de palomas grises, blancas, tordillas. Seres que no eligen su plumaje.

Me pongo la MF41. No es un invento; es una prótesis para la herida. Un ojo que ve lo que mi corazón se niega a aceptar.

El mundo se desgarra en capas. Ya no hay colores, hay intensidades. Ya no hay sonidos, hay frecuencias de dolor. La máquina no me muestra un mundo nuevo; me muestra el verdadero rostro del viejo. Los contrastes no son entre luz y sombra, sino entre lo que fingimos ser y lo que somos.

Me siento en un escalón del monumento frente al Congreso. Desde aquí, con la MF41, el espíritu humano no es una abstracción: es un fluido viscoso y brillante que conecta a los vivos entre sí y con la piedra, con el mármol, con el agua estancada en las fuentes. Veo las líneas de fuerza que nos unen y nos estrangulan. Veo la red de dependencias de lo mutuo.

Llamo a Zim. Su voz me llega distorsionada, convertida en pura energía ansiosa.

—La MF41 excede lo esperado —digo, y es una mentira. No excede nada: desnuda todo. Me muestra que Ian y yo estamos unidos por un hilo, tal vez enfermizo, y que la mujer de alas oscuras es ...

—Es así —responde Zim, y su tono es el de un dios ebrio que ha creado un monstruo—. Estoy apabullado.

Cuelgo. No necesito su complicidad. Necesito entender por qué elijo ver esto en vez de cerrar los ojos.

¿Cuál de todos los nombres que Ian usa para llamarla será el verdadero? La MF41 me da respuestas que no sirven para nada: me muestra la frecuencia vibratoria del engaño, el color de la culpa.

—¡Hola, qué cara! ¿qué pasó? —Es Ian. Su voz es un instrumento perfecto que toca la melodía equivocada.

—Nada. Alsina no está de acuerdo en aceptar el lugar.

—Yo tampoco. No me interesa que lo sepas. No estoy de acuerdo. Ya no quiero saber de ella, ni aunque te ayude a fugar.

Miento. Miento con la MF41 puesta, que debería impedírmelo. Todo el tiempo quiero saber de ella. Porque mientras más sé de ella, menos me toca saber de mí.

—Todo el tiempo estás hablando de lo mismo —dice él, y es la verdad más cruel. Hablo de ella para no hablar de que somos fantasmas compartiendo el mismo limbo.

Aumento los valores del dispositivo sin que él lo sepa. Quiero ver la textura de su engaño. Lo abrazo y siento, bajo la piel, el murmullo de sus células traidoras. La MF41 me muestra lo que ya sabía: nuestro vínculo es una seda que se deshilvana, un fleco que me ata a todos por pura continuidad.

—¿Cuándo vas a reunirte con Zim?

—En estos días... No cambies de tema, eh? Ella estuvo acá.

—Ya te dije que estuvo acá. No descubrís nada nuevo.

Él cree que hablamos de presencias. Yo sé que hablamos de ausencias. La de ella, que siempre está aunque no esté. La mía, que me vuelvo única y visible solamente cuando él me mira.

Me muestra una nota. Una foto de Barthes niño siendo alzado por su madre. Y un murciélago enorme, sostenido por una mujer. Dos mamíferos. Dos voladores. Uno con palabras, otro con alas. Los dos colgando de una mujer.
 


La imagen me atraviesa. Ian y yo somos eso: criaturas colgando de fantasmas. Él, de la mujer de alas oscuras. Yo, de él. Barthes, de la lengua materna. El murciélago, de la noche.

—¿Ves? —dice Ian—. A este le cuelgan las piernas y el murciélago está colgado de las patas.

No lo veo a él. Veo nuestra foto. Estamos suspendidos en una caída plena, siempre aferrado no a mí, sino a lo que represento.

—Cuando estuviste en Otamendi, tu madre llamó preguntando por vos...


—Sí. Ya hablé con ella.

—¿Qué quisiste decir con “¡me casaste!”?

—Eso. Me casaste sin zeta. Beta.

—Murciélago... alas...

Cierro los ojos. La MF41 sigue funcionando bajo mis párpados. Me muestra la verdad última: no tenemos salvación. Solo tenemos esta máquina inventada para ver qué hacemos, con esta claridad tan hermosa que duele más que la ceguera.
 
Un segundo después... el murciélago atenta contra el cuerpo de la joven y se fuga. Un acto fallido. Un presagio.

El chico llora, no de dolor, sino de vergüenza. Sabe que ya es demasiado grande para ser sostenido por nadie. Es la primera lección: crecer es aprender a caer solo.

—Ya no estás para seguir jodiendo con ella. Estoy cansada de tus vuelos y fugas —digo, y mi voz no suena a reproche, sino a lápida.

—A vos te hacen mal las movilizaciones. Dedicate a escribir —responde Ian, y es su manera de decir: Quedate en tu mundo de símbolos, que yo me quedo en mi abismo.

Credence. Bailamos en el medio de la habitación. No es un baile de reconciliación; es un ritual.

El chico Barthes tocó el suelo, salió corriendo y se perdió en sus juegos solitarios. La joven tuvo que pedir ayuda para sostener el murciélago, ahora inquieto, luchando para liberarse. Una imagen perfecta: todos luchando por contener lo ingobernable que ellos mismos provocaron.

El fotógrafo número 1 saca la cabeza de abajo del trapo oscuro después de la explosión. El número dos deja la cámara en el suelo para auxiliar a la chica. El instante queda desolado en la oscuridad de una y otra cámara. La verdad siempre se escapa entre dos tomas.

¿Alcanza? No. Quiero verlos con la mirada del arte. Pero el arte aquí es complice. Las pinceladas de la cabeza y el rostro de la madre y el muchacho se confunden en un fondo común. La indiferencia está en los trazos oscuros de un pincel fino. El cuerpo del murciélago se traza al mismo tiempo que el sexo de la chica. Todo es carnal, todo es frágil, todo se desvanece.

Yo bailo un día de sol. Ian baila una noche lejana. Y algo más allá de nosotros habla por nosotros. Nosotros cuerpo y nosotros palabra. La ficción sostiene.

Comentarios

Entradas populares