24 DE MARZO A 50 AÑOS DEL GOLPE

 


A cincuenta años del golpe de 1976, el país está entre dos operaciones simbólicas antagónicas. Una, la de la memoria que se hace justicia: los juicios, los pañuelos, los sitios de memoria, la transmisión generacional. Otra, la de un puñado de negacionistas que desde el Estado, bajo la forma de un gobierno que hambrea y niega el número de los desaparecidos, intenta reinstalar la lógica del terror: basta con el hambre, basta con la cifra falseada, basta con la palabra que dice no hubo, basta con focos de represión en cualquier reclamo. Estamos en un régimen donde lo real se vuelve indecible no por su magnitud sino porque el lenguaje oficial se ha vuelto sucio, tautológico, una máquina de producir olvido mediante la repetición vacía y mentirosa.
 
Los compañeros desaparecidos no descansan: son testigos que no han cesado de hablar. En cada exhumación, en cada nieto recuperado, en cada sentencia de juicio, interpelan. Por eso la memoria no es arqueología sino política: no se trata de exhumar para volver a enterrar con honor, sino de exhumar para que la voz vuelva a salir de los huesos, para que el parentesco roto se restituya en el espacio público de la verdad. El negacionista sabe esto. Por eso su operación no es sólo negar el número, sino desactivar el lazo que une al desaparecido con la vida. Hambrea al cuerpo para que no quede energía para la exigencia; falsea las estadísticas para que el número no alcance el umbral de lo conmovedor. Es una política de la anestesia simbólica.
 
Los cuerpos descansan, si acaso, en el acto de nombrarlos con exactitud, en la sentencia que dice esto pasó, en el abrazo de la plaza que no cesa están presentes. Memoria, verdad, justicia: esa es la única tierra donde los cuerpos pueden dejar de ser cifra del horror para volverse principio de un lazo que el poder no puede disolver.
 
Los eternamente jóvenes compañeros desaparecidos, mi hermano Jorge Mendé entre ellos, desvestía al poder de su solemnidad, revelando que detrás de los disfraces y uniformes hay un cuerpo asimétrico, un detalle absurdo, una posibilidad de no temer y dar la vida conquistando el poder. Pero no el poder avaro y el festín de sus cómplices, sino el poder de poder hacer para el prójimo. Ese prójimo que al reunirse es pueblo, porque cómo diría mi hermano: no hay patria sin pueblo.
 
Mijail Bakhtin sostuvo que la novela era el género de la polifonía: muchas voces que no se subordinan a una voz central. La memoria democrática, a cincuenta años del golpe, es también polifónica. No hay una sola manera de narrar lo que pasó: están las voces de los sobrevivientes, las de los familiares, las de los artistas que hicieron del dolor materia, las de los jóvenes que preguntan. Cada una de esas voces desobedece al relato único que el poder intenta imponer.

El negacionismo intenta reducir a monólogo esa polifonía. Dice “no hubo treinta mil” como si la cifra fuera un dato estadístico y no el nombre de cada persona que la plaza sigue nombrando. Quiere convertir la historia en un solo relato: el del Estado que se legitima a sí mismo. Frente a eso, insistimos con nuestras consignas, no como otra verdad monolítica, sino como la voz del pueblo que restaura la posibilidad de que las voces disientan sin ser canceladas.
 
Recuerdo la primera marcha a la que asistí en los 80, apenas de regreso del exilio. Ingresé detrás de las Madres de Plaza de Mayo. La consigna: con vida los llevaron, con vida los queremos. Apenas me uní sentí estallar mi corazón después de años de silencio y de ausencia. No pude evitar entonces llorar, por lo que no había llorado en años. Asumí que era la primera vez que podía manifestar el duelo. Pero fue Norita Cortiñas quien, al verme, se acercó, se ajustó el pañuelo y me tomó el brazo diciendo: “no llores, no les des el gusto, estamos en lucha”. Y entonces comprendí por qué estaba marchando. Me sequé las lágrimas, me repuse y marché cantando. Mi voz era una de las tantas voces que no se subordinan a una central. Con vida los llevaron, con vida los queremos no era una consigna masiva: era la voz de mi sentimiento personal acompañada por las voces de todos y cada uno de quienes llevaban su relato a cuestas. Y no lloraban porque era el momento de cantar, porque cuando marchamos, estamos en lucha.

Estamos en lucha como nuestros compañeros. Estamos en lucha porque no olvidamos su ejemplo y porque cuando los pueblos se manifiestan desvisten al poder espurio, le quitan su solemnidad y revelan que tener miedo es absurdo. Nuestras Madres de Plaza de Mayo son y serán siempre para nuestro país y el mundo la enseñanza de una mirada indeclinable hacia los caminos de la paz, por la vía de su reclamo sostenido de memoria, verdad y justicia.

A 50 años del golpe, las consignas siguen teniendo el mismo efecto en esa multitud de hombres y mujeres que llenan la plaza y sus alrededores. Hoy como el primer día, la consigna sigue siendo: que digan dónde están.

Hace un tiempo, inspirada en la lucha de las mujeres —entre ellas el insoslayable ejemplo de las Madres— escribí Arte x Mater. Allí propuse que el arte de mujeres en contextos de terror no trabaja con la representación sino con la materia: el pañuelo bordado, la fotografía intervenida, la instalación que ocupa el espacio público. No se trata de decir lo que pasó —eso el poder puede negarlo— sino de hacer algo con lo que pasó, de volverlo presencia física, de inscribirlo en el cuerpo de lo real. Las Madres, con su ronda incesante, con sus pañuelos blancos que se volvieron signo universal, son el ejemplo más alto de esa insurrección femenina del hacer. Ellas no esperaron que el poder reconociera la verdad; la bordaron, la caminaron, la hicieron cuerpo colectivo.

A cincuenta años, ese gesto sigue siendo urgente. Porque el hambre que impone este gobierno es también una operación sobre los cuerpos: los reduce a su pura necesidad biológica para que no puedan devenir cuerpos políticos. De ahí la saña con la que reprimen las manifestaciones y los reclamos del pueblo. Por eso el arte no es un lujo: es la práctica que restituye al cuerpo su dimensión simbólica, que dice “aunque me niegues el pan, tengo una lengua para nombrar tu injusticia y manos para dibujar lo que denuncio”.
 
 El ejemplo de las Madres nos recuerda que esa práctica, lejos de ser individual, teje la solidaridad de la que hablaba Joseph Conrad en el prólogo de El negro del Narsiso: esa solidaridad que une la soledad de innumerables corazones, que relaciona a cada hombre con su prójimo y mancomuna toda la humanidad, los muertos con los vivos, y los vivos con aquellos que aún han de nacer.
 
Cuando conmemoramos la historia de los 30.000 compañeros desaparecidos, sabemos que no somos nostálgicos ni vivimos en el pasado. La memoria no es lo que pasó: es lo que no deja de pasar. El 24 de marzo no es una fecha en el calendario; es un día de lucha, y cada vez que un gobierno hambrea, cada vez que un funcionario niega, cada vez que la verdad es puesta en duda, se renueva la lucha de esos 30.000 compañeros. La memoria es ese no dejar de pasar. Hoy escribimos la historia una vez más, no para conmemorar solamente, sino para insistir —por si acaso no lo saben— en la memoria que se hace justicia, en la verdad que se dice sin eufemismos, en el lazo que no cesa de anudarse entre generaciones.
 
Mi hermano Jorge Mendé me enseñó el gesto preciso: una mirada que desnude el poder, porque detrás de sus disfraces y uniformes hay un cuerpo asimétrico, un detalle absurdo, una posibilidad de no temer y marchar sin miedo. Ese gesto es hoy, cincuenta años después, más urgente que nunca.

¡30.000 compañeros desaparecidos presente, ahora y siempre!


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