BIO ESFERA
Las ilustraciones fueron las que trazaron las formas. El texto, vino después a habitarlas en otro registro.
No se trata de una reflexión que ilustra unos dibujos, sino de un despliegue verbal que recoge lo que los trazos ya contenían: una indagación sobre el cuerpo, la memoria y la transformación.
La esfera —transparente, tibia, húmeda— no es un objeto pasivo. Es un dispositivo de comprensión: no enseña, habilita; no responde, abre. Y lo que abre es un recorrido por otras pieles, otras formas, otras memorias. Una voz que se desprende de sí misma para ser pata de chivo, batracio, paloma, vasallo. Cada metamorfosis es una pregunta encarnada: ¿qué se puede saber de un cuerpo que no se ha puesto en otro?
El texto transita la genealogía del deseo y la crítica a la obediencia. Nombra la acidia como el vacío más peligroso: el de quienes se dejan estar, olvidan la voluntad del ser y se entregan a días oscuros, sin razón, sin queja. Y frente a ellos, una voz que ha dado todas sus formas —animal, verdín, pluma, árbol, ángel— y que ya no ofrece más.
Al final, no hay conclusión. Hay una afirmación que es también un umbral:
"No hay reino más grande que el cuerpo que se imagina, y no hay forma de comprender si no te pusiste en otra piel."
Porque la comprensión, en este texto, no es teórica: es corporal, encarnada, metamórfica. Y los dibujos —realizados por la misma mano que escribe— son el testimonio silencioso de que ese otro cuerpo ya había sido dibujado antes de ser dicho.


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