CUERPO Y CRISIS: PIEDRA Y OMBLIGO

¿Es el estómago apretado al hacer cuentas? Además del estómago que duele por comer mal, también está el que se cierra cuando los números no dan, cuando la suma de lo que entra y lo que sale se niega a equilibrarse, cuando la mano que sostiene el lápiz o el teléfono tiembla un poco antes de confirmar el pago. Ese estómago que ya aprendió a no esperar alivio, que sabe que el mes que viene será igual o peor.

¿Es la mirada que se desvía cuando ves el precio de algo que antes era accesible? Esa mirada que hace un cálculo rápido, que compara con el recuerdo de hace unos años, y que luego se aparta como si el objeto no existiera, como si el deseo hubiera sido una ilusión. Esa mirada que se vuelve opaca porque mirar de frente al precio es mirar de frente a lo que ya no se puede permitir. Y eso, en algún lugar del cuerpo, se registra como una pequeña humillación cotidiana.

¿Es la respiración que se corta un segundo al leer un mensaje del banco? Ese instante en que el pecho se detiene, en que el aire se niega a entrar mientras los ojos recorren el saldo o el vencimiento. Ese segundo que dura más de lo que debería, en el que la cabeza ya está haciendo planes de emergencia, en el que el cuerpo entero se prepara para recibir un golpe que ya conoce.

¿Es el sueño que no viene porque la cabeza da vueltas sobre cómo llegar a fin de mes? Esas horas de la madrugada en que el cuerpo está agotado pero la mente se niega a descansar, repitiendo los mismos números, las mismas opciones, las mismas puertas que ya sabes que no se abren. El sueño que se escapa no es insomnio poético; es la vigilia forzada de quien no puede permitirse el lujo de desconectarse.

¿Es la vergüenza de no poder ayudar a un hijo o a un amigo? Esa sensación que no es económica, que es más profunda: la de no poder sostener a quien amás, la de tener que decir "no puedo" cuando todo lo que querrías es decir "sí, contá conmigo". Esa vergüenza que no se ve, que no se publica, pero que queda grabada en el cuerpo como una marca.

Todo esto, y más, es lo que pasa por nuestros cuerpos. No pasa en ellos como en recipientes: pasa a través de ellos, los atraviesa, los modifica, los vuelve más pesados o más lentos o más tensos. Lo sabemos. Tenemos conciencia de que esto no es un fenómeno natural, sino el resultado de decisiones, de políticas, de una forma de organizar el mundo que ha hecho de la precariedad una norma y de la angustia un hábito. Y sin embargo, esa conciencia no nos exime: estamos determinados a seguir mirando el presente de una forma en la que cada minuto ya no tiene solución. No hay atajo. No hay esperanza fácil. Hay una lucidez que duele, y que no podemos dejar de lado porque sería más doloroso todavía.

Uno no agradece no tener un cáncer porque no hay medicación para el tratamiento o el alivio. No se dice "qué suerte que no estoy más enfermo", porque el sistema de salud ya no garantiza ni lo mínimo, y el alivio es un lujo que se ha vuelto inalcanzable. No agradece no tener un hijo discapacitado porque ya no podría darle una atención adecuada; el agradecimiento se ha vuelto un lujo que el cuerpo no puede permitirse, porque el contexto ha hecho que la ausencia de desgracia no sea un privilegio, sino la precaria normalidad de quien sabe que cualquier golpe puede ser el definitivo.

No se jacta de no correr por las miserias del otro, porque sino seríamos los más miserables. La solidaridad no es una virtud aquí: es un instinto de supervivencia compartida. Sabemos que la miseria del otro y la propia son la misma materia. No hay privilegio posible en un país donde el ochenta por ciento está mal. No hay "yo me salvo" que valga. Esa conciencia es el único patrimonio que nos queda, y es un patrimonio amargo.

No cerramos la puerta. No miramos para otro lado. Eso podría leerse como una virtud, pero no lo es: es una imposición de la realidad. No podemos cerrar los ojos porque lo que está pasando es demasiado grande, demasiado presente, demasiado cerca. Pero también somos conscientes de lo que no está bien, de lo que no se puede hacer, de lo que no corresponde. Y esa conciencia, lejos de aliviarnos, nos instala en una extraña inmovilidad activa: la de saber que las cosas deberían ser de otra manera, y no poder hacer que lo sean.

Y el cuerpo, que ya no sigue, se acciona. No sigue, porque el seguir implicaría un ritmo, una continuidad, un aguante que ya se ha agotado. El aguante ha dejado de ser una virtud para convertirse en una condena. Entonces el cuerpo se acciona: se mueve sin saber hacia dónde, se agita, busca una salida que no encuentra. Hacia dónde, es el problema. Porque la conciencia sabe que esa acción puede retrotraernos, puede llevarnos a lugares peores, puede interpelarnos de una manera que no estamos preparados para sostener.

Ese cuerpo que se acciona, esa conciencia que interviene, es una especie de producción inconsciente. No es un acto calculado: es un impulso que brota desde abajo, desde el vientre, desde las manos que no saben qué hacer con su propia tensión. Es como el vértigo en lo alto: tenés ese fuerte deseo de volar, sentís que los pies ya no quieren tocar el suelo, que el aire te llama, que hay algo en vos que pide saltar. Y el instinto de supervivencia dice no, por que te hacés puré. Y entonces tiemblan las rodillas. No por miedo a caer: tiemblan porque el cuerpo quiere y no quiere al mismo tiempo, porque la furia y la prudencia se pelean en la misma carne. Como ahora mismo tiembla el cuerpo de indignación.

Y el aumento del suicidio en esta época, en grupos de jóvenes, es la prueba de que ese vértigo no es solo una sensación: es una realidad. El cuerpo acciona y fuga por cualquier grieta. Busca una salida donde no la hay, se arroja al vacío porque el suelo se ha vuelto insoportable. No es una decisión, es una consecuencia. Es el punto extremo de un cuerpo que ya no soporta el peso de su propia conciencia.

Pero no. No tiene que darse así. No tiene que ser así.

Y aquí, en este punto, el mito viene a auxiliarnos. No para darnos una respuesta, sino para recordarnos que ya hubo otro modo de habitar el devoramiento.

Cronos devora a sus hijos. Cada uno, al nacer, es tragado por el padre que teme ser destronado. Esa es la imagen del poder que no engendra, sino que consume; que no permite que lo nuevo surja, porque lo nuevo es siempre una amenaza. Una máquina de devorar presente, que convierte la vida en alimento de su propia perpetuación. Esa es la imagen que nos habita: la de una época que devora a sus jóvenes, a sus posibilidades, a su futuro. No hay gesta trágica más antigua ni más actual.

Pero Rea, la madre, urde un engaño. Envuelve una piedra en pañales y se la da a Cronos, que la devora sin saber. La piedra ocupa el lugar del hijo, y ese hijo —Zeus— crece a salvo, oculto, para luego volver y derrocar al devorador.

Esa piedra es el omphalos, el ombligo del mundo. El centro que no fue devorado. El engaño que salva. La madre que no se resigna a que su prole sea comida, que inventa, que miente, que pone una piedra en lugar de un cuerpo para que la vida pueda seguir gestándose en otro lado.

¿Y si esa piedra es lo que estamos buscando? No una solución, sino un engaño fértil. No un héroe que venga a matar al monstruo, sino una astucia que sepa poner algo en el lugar de lo que está siendo devorado, para que lo nuevo pueda nacer en otro tiempo, en otro espacio. No se trata de repetir la gigantomaquia, de volver a enfrentar a los titanes con la misma violencia. Se trata de aprender de la madre que engaña, que sabe que a veces la salida no es la confrontación directa, sino la creación de un lugar donde lo que debe salvarse pueda crecer sin ser visto.

El ombligo es el centro que no se devora, el punto donde el cuerpo estuvo unido a otro cuerpo. Es memoria, es origen, es el lugar del que partimos y al que nunca volvemos del todo. Tal vez la nota política que necesitamos escribir no sea la que señala al devorador, sino la que busca, entre los pliegues del presente, la piedra que pueda ser envuelta en pañales, el gesto mínimo que ocupe el lugar de lo que está siendo tragado.

No sabemos cuál es esa piedra. Pero sabemos que el mito la nombra, y que nombrarla ya es un acto de apertura. Tal vez el cuerpo que se acciona, que tiembla de indignación, que busca una grieta, esté buscando justamente eso: un engaño que salve, un ombligo que recuerde que hubo una madre que no se resignó.

Y tal vez, desde ahí, podamos empezar a escribir otra historia. No la de la gesta trágica que se repite, sino la del engaño que permite que algo nuevo nazca en la oscuridad.

Pero el mito no se detiene en el engaño. El mito sigue: Cronos, al tragar la piedra, no la digiere. La piedra se aloja en su garganta, en su vientre, como un cuerpo extraño que no puede ser asimilado. El devorador se atraganta. Y ese atragantamiento es la primera grieta en el orden de la repetición.

Porque la piedra no es una respuesta: es una obstrucción. Algo que no puede ser tragado, que no se convierte en alimento del poder, que se niega a ser incorporado al ciclo del devoramiento. Esa piedra, envuelta en pañales, no es un hijo ni un dios: es un no en forma de objeto, un gesto materno que dice "esto no te lo vas a comer".

Y entonces, la pregunta que nos queda, la que el mito nos devuelve como un eco que no se apaga, es esta: ¿qué nuevo orden —político, simbólico, afectivo— nos balbucea el atragantamiento de Cronos? ¿Qué balbuceo puede nacer de ese cuerpo que no puede tragar, de esa tos que interrumpe la digestión del mundo?

Porque si el poder se atraganta, algo se abre. No sabemos qué. Puede ser un espasmo, puede ser una expulsión violenta, puede ser el nacimiento de una nueva forma de ser que aún no tiene nombre. Pero el atragantamiento es el síntoma de que la máquina ya no funciona con la misma fluidez. La piedra ha hecho su trabajo: ha detenido el tiempo del devoramiento, ha creado un intervalo en el que lo nuevo —Zeus, pero también la conciencia de que la madre puede engañar al poder— puede gestarse en otro lugar.

Y ese intervalo, ese balbuceo, es lo que estamos habitando ahora. El tiempo del atragantamiento. El tiempo en que el orden viejo ya no puede digerir lo que produce, y el orden nuevo aún no ha nacido. Un tiempo de obstrucción, de tos, de espasmos. Un tiempo en que el cuerpo tiembla porque el poder también tiembla, aunque no quiera mostrarlo.

¿Qué orden nace de ese atragantamiento? No lo sabemos. Pero el mito nos dice que no es un orden que venga de arriba, de la fuerza del padre, sino que se urde desde abajo, desde el engaño de la madre, desde la piedra que ocupa un lugar que no le corresponde, desde el gesto de quien dice "esto no te lo vas a comer".

Tal vez el nuevo orden sea ese: un orden que no se construye sobre la devoración, sino sobre la obstrucción. Sobre lo que no puede ser tragado. Sobre la capacidad de poner una piedra en el lugar del hijo, para que el hijo pueda crecer en otro lado. Un orden que no busca el poder, sino la supervivencia de lo que aún no ha nacido.

Y ese orden, si existe, no tendrá forma de estatua ni de leyenda. Tendrá forma de balbuceo, de pregunta sin respuesta, de rodillas que tiemblan pero no caen, de manos que buscan una piedra para envolverla en pañales, de madre que no se resigna a que su prole sea comida.

No sabemos cómo se llama ese orden. Pero sabemos que no puede ser este.

Y ese saber, aunque no tenga forma, es siempre una acción revulsiva. No es un pensamiento: es un arranque, una contracción, un no que sale del cuerpo antes de que la lengua pueda articularlo. Es el espasmo de quien se niega a seguir tragando lo que le dan, la mano que suelta lo que tenía que sostener, la rodilla que tiembla y en ese temblor ya está diciendo lo que la palabra no alcanza a decir.

La revulsión no es una respuesta: es un síntoma del orden que ya no puede ser digerido. Y como síntoma, no busca ser curado: busca ser escuchado. Busca que alguien diga: "esto que está pasando en el cuerpo no es un error, es una verdad".

No sabemos hacia dónde va esa revulsión. Pero sabemos que cuando el cuerpo se revuelve, el orden se tambalea. Y ese tambaleo, aunque sea mínimo, es el lugar donde lo nuevo —lo que aún no tiene nombre— puede empezar a balbucear.

Y entonces, si la revulsión es el gesto, la defenestración es su forma política. No como violencia, sino como expulsión: sacar por la ventana a todos y cada uno de los autores del mal. No para hacer justicia —la justicia es un lujo que este tiempo no concede— sino para restituir el aire. Para que el espacio que ocupaban deje de estar ocupado. Para que el cuerpo pueda respirar sin tener que tragarse la podredumbre que ellos fabrican.

Defenestrar no es matar: es desalojar. Es decir: "ustedes ya no tienen lugar aquí". Y ese desalojo, en la lengua de Juan, no es otra cosa que reconocer que el odio —el desprecio profundo hacia el otro— ya es homicidio ante los ojos de lo que llamamos sagrado. Porque aquel que aborrece a su hermano, aunque no levante la mano, ya ha cometido el asesinato en el territorio del espíritu. Y la defenestración, entonces, no es un acto de odio: es la constatación de que el mal no puede seguir ocupando el lugar del aire.

Lo que importa es que el gesto se nombre, que se inscriba en el lenguaje, que sepa que la expulsión es el primer paso de todo orden que quiera ser otro. Y que ese gesto, aunque no tenga forma, ya está temblando en las rodillas de quienes no se resignan. De quienes, como Rea, envuelven una piedra en pañales y dicen: esto no te lo vas a comer. Porque el cuerpo, cuando ya no puede seguir, se acciona. Y ese accionar, aunque no sepa hacia dónde, ya es una forma de parir el futuro en la oscuridad.




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