15 DE MARZO DE 2010, 19:10

 




Notas sobre un cruce

Todavía es de tarde y la luna aparece entre las ramas de los árboles del barrio General San Martín, hacia un lado de la intersección de Constituyentes y General Paz.

En toda ciudad los comandantes, generales y señores tienen sus calles, y las veredas los santifican. Me pregunto siempre por esa forma contradictoria que tomaron el recurso y el apellido en la avenida que bordea nuestra capital. No es posible ser General y ser Paz al mismo tiempo. Y la contradicción es, en verdad, ajena a la historia del prócer: José María Paz fue un general de las guerras civiles, unitario, y una herida le quitó el brazo con el que se nombra. Pero la avenida junta las dos palabras y no hay manera de que se avengan. Una cosa es mandar; otra cosa es no tener enemigo. La calle —o, para mayor especificidad, la avenida— sostiene las dos a la vez, y casi nadie parece notarlo.

Esta controversia entre la espada y la paz se acentúa en mi visión de las cosas debido a las trágicas diferencias que experimento al vivir en los dos mundos que están separados por esta orilla.

Salgo de la ciudad de Buenos Aires al conurbano bonaerense y vuelvo en el mismo día, o al revés. El choque entre un espacio y el otro es un corte que va más allá de la diferencia espacial y cultural. Mi persona misma cambia de actitud ni bien accede a una geografía o a la otra.

Ni bien se cruza hacia el lado de la ciudad —aunque sea apenas un cruce por la colectora, o un minuto de tren— el cuerpo se achica y lo otro se vuelve monumental, múltiple, denso. Cuando el pase es hacia provincia, en cambio, el cuerpo se extiende y lo otro se vuelve ínfimo, invisible, un adjetivo más.

Un adjetivo más que no encuentro. Porque debería jugarse entre sórdido, trémulo, pobre, peligroso, oscuro, y sin embargo no está alojado en ninguno de ellos. Cualquiera de esos adjetivos que solemos usar para nombrar el conurbano no lo referencian. Se pegan a la superficie y la dejan intacta.

Y es llamativo que me guste esto que salió arbitrariamente, como un error: la cono urbanidad. O con urbano, separado, con ese hueco en el medio que suena a lo que es.

El término correcto existe y es más prolijo: conurbación. Lo acuñó el urbanista escocés Patrick Geddes en Cities in Evolution, en 1915, para nombrar el desborde de una ciudad sobre las localidades que la rodean. Es una palabra exacta y no dice nada de lo que a mí me pasa. La que salió mal —la cono urbanidad— sí. Como si el idioma hubiera tenido que romperse un poco para poder decir eso.

Porque el problema, mirado de cerca, no es geográfico. Es de nombres. Urbano viene de urbs, la voz latina que designa aquello que es de la ciudad. Pero lo urbano no es lo mismo que lo ciudadano: ser ciudadano es, esencialmente, ser parte de una comunidad política.

Ahí está el punto. Del lado de acá de la avenida uno es ciudadano. Del lado de allá es urbano, o conurbano, o población, o cualquiera de esos sustantivos que describen sin convocar. Nadie dice ciudadano del conurbano. Y no lo dice porque la palabra misma —el conurbano— está hecha para nombrar una masa y no un conjunto de sujetos.

¿Qué siento, entonces, cuando soy con urbano? ¿Y qué cuando soy en la ciudad?

Es la misma persona cruzando una avenida. Cambia el cuerpo, cambia la escala de las cosas, cambia el adjetivo que me corresponde. Y eso no lo hace la geografía: lo hace el modo en que hemos aprendido a nombrar cada orilla. Una avenida no puede definir a nadie. Pero General Paz —esa avenida que carga en su nombre una orden y una promesa que se contradicen— separa dos maneras de ser nombrado, y las dos siguen ahí, intactas, a un paso de la otra.

Quizás por eso vuelvo siempre a esa esquina, mirando la luna entre las ramas: para comprobar, cada vez, que la única frontera real está en las palabras. Y que las palabras, a diferencia de los generales, se pueden cruzar.

 

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