UN PECADO IMPERDONABLE
Como en la religión del Espíritu Santo el pecado contra el Espíritu Santo no tiene perdón que esperar, así en aquella religión de la fuerza material no lo tiene el pecado contra el principio de la misma, contra la maternidad de la tierra.
La leí dos veces y me interrogó saber de qué se trataba.
La asimetría en las Euménides: las Erinis están furiosas por el matricidio de Orestes. Pero cuando Clitemnestra mató a Agamenón, su marido, no movieron un dedo. Orestes se lo reprocha en el juicio, y ellas contestan con una sola línea que es un mundo: no era de la sangre del hombre a quien mató.
Es decir: no era pariente. Para ellas, lo que cuenta no es el homicidio, es el vínculo de sangre - y el vínculo de sangre, para ellas, se establece por la madre.
Bachofen lee en eso algo más que una costumbre jurídica. Dice: la Erinie es la tierra misma. La madre es su representante, la que hace sus veces en el mundo de los vivos. De modo que quien derrama sangre materna no ofende solamente a una mujer: hiere a la tierra en su propio ser. Todo otro homicidio queda librado a la venganza de los hombres - a Agamenón lo venga su hijo -, pero al matricida lo persigue la tierra.
Bachofen lee en eso algo más que una costumbre jurídica. Dice: la Erinie es la tierra misma. La madre es su representante, la que hace sus veces en el mundo de los vivos. De modo que quien derrama sangre materna no ofende solamente a una mujer: hiere a la tierra en su propio ser. Todo otro homicidio queda librado a la venganza de los hombres - a Agamenón lo venga su hijo -, pero al matricida lo persigue la tierra.
Y acá viene la frase: en esa religión, el pecado contra la maternidad de la tierra no tiene perdón que esperar. Y la compara, sin ningún pudor, con el pecado contra el Espíritu Santo.
Qué pecado es ése. La frase evangélica es de Mateo (12, 31-32): todo pecado y toda blasfemia será perdonada a los hombres, pero la blasfemia contra el Espíritu no será perdonada.
Qué pecado es ése. La frase evangélica es de Mateo (12, 31-32): todo pecado y toda blasfemia será perdonada a los hombres, pero la blasfemia contra el Espíritu no será perdonada.
Durante siglos se leyó con torpeza, como si fuera el pecado más grave de una lista. La tradición pensó mejor, y su lectura es mucho más incómoda: ese pecado no se perdona porque, al cometerlo, uno se sale del orden desde el cual podría ser perdonado.
No es la magnitud de la falta: es la posición de quien la comete. Es cerrar desde adentro la puerta por la que se entra.
Ahí está lo que Bachofen hace con esa comparación. No está elogiando ni demoliendo religiones: está diciendo que todo orden tiene un principio constitutivo, y un pecado contra ese principio que resulta imperdonable dentro de ese orden.
Ahí está lo que Bachofen hace con esa comparación. No está elogiando ni demoliendo religiones: está diciendo que todo orden tiene un principio constitutivo, y un pecado contra ese principio que resulta imperdonable dentro de ese orden.
En la religión de la materia, el principio es la maternidad de la tierra. Entonces el matricidio no es imperdonable por su crueldad, por su tamaño, por su horror. Es imperdonable porque ataca el fundamento de la ley misma. Y Bachofen lo escribe con todas las letras unas líneas antes: si la tierra perdonara, tendría que disolver su propia ley fundamental, y con ella toda la creación material. La tierra no puede indultar lo que la anularía. No es una divinidad cruel: es una divinidad coherente.
La prueba está en el mismo libro. Porque el mismo hecho - Orestes matando a su madre - es inexpiable bajo un orden y perfectamente expiable bajo el otro. Apolo lo purifica. El Areópago lo absuelve. Un tribunal, con piedritas en una urna, decide que la sangre derramada puede lavarse. No cambió el hecho: cambió el orden que lo juzga.
La prueba está en el mismo libro. Porque el mismo hecho - Orestes matando a su madre - es inexpiable bajo un orden y perfectamente expiable bajo el otro. Apolo lo purifica. El Areópago lo absuelve. Un tribunal, con piedritas en una urna, decide que la sangre derramada puede lavarse. No cambió el hecho: cambió el orden que lo juzga.
Por eso Bachofen puede cerrar el capítulo con una observación que es casi una definición de la historia política: el primer tribunal de sangre y el ocaso del derecho materno coinciden en un solo acto. La aparición del juicio es la aparición de un orden que puede perdonar. Antes había venganza; después hay proceso, defensa, expiación, culto sin sangre.
Y entonces la pregunta se da vuelta. Si el imperdonable no es una propiedad del acto, sino una función del orden —si cambia cuando cambia el sistema que juzga—, cabe preguntar por el nuestro.
Qué es lo que hoy no se perdona. No me refiero a lo que no se perdona por gusto, o por crueldad de los que juzgan, sino a lo que estructuralmente no puede perdonarse sin que el orden se caiga. En la religión de la tierra lo intocable era la madre. En la religión del Espíritu, el Espíritu. ¿Dónde está hoy el punto que no se toca? ¿Qué crimen, qué gesto, qué palabra, si se perdonara, obligaría a nuestro mundo a reconocer que su ley fundamental no era la que decía?
Buscar ese punto es, me parece, una manera bastante exacta de buscar dónde está el poder. Los poderes no se delatan por lo que castigan con dureza: se delatan por lo que no pueden perdonar.
Bachofen escribió esto en 1861, pensando en madres, tierras y diosas que ya nadie adoraba. No sé si imaginó que su frase seguiría sirviendo para leer el presente. Pero sirve. Traducir también es eso: uno cree que está pasando una frase de una lengua a otra y de golpe se encuentra pasando una pregunta de un siglo al nuestro.
Por qué vale la pena leerlo. Porque no hay manera de leer a Bachofen y quedar igual. Se puede no creerle nada - su hipótesis del matriarcado universal fue discutida desde el primer día y sigue discutiéndose -, y aun así el libro hace algo que pocos hacen: convierte cada mito en un documento, cada costumbre en una prueba, cada diosa en un argumento sobre el poder. Uno empieza leyendo sobre licios y cretenses y termina pensando en el matrimonio, en la herencia, en quién tiene la última palabra en una casa.
Y tiene además una virtud que en 1861 no se estilaba: escribe con imágenes. La luna entre la tierra y el sol; el enjambre de abejas como la primera sociedad bien gobernada; el trípode que los beocios roban cada año y llevan de noche a Dodona. Un jurista de Basilea que de pronto se vuelve visionario, y después vuelve a ser jurista, y así durante setecientas páginas.
Buscar ese punto es, me parece, una manera bastante exacta de buscar dónde está el poder. Los poderes no se delatan por lo que castigan con dureza: se delatan por lo que no pueden perdonar.
Bachofen escribió esto en 1861, pensando en madres, tierras y diosas que ya nadie adoraba. No sé si imaginó que su frase seguiría sirviendo para leer el presente. Pero sirve. Traducir también es eso: uno cree que está pasando una frase de una lengua a otra y de golpe se encuentra pasando una pregunta de un siglo al nuestro.
Por qué vale la pena leerlo. Porque no hay manera de leer a Bachofen y quedar igual. Se puede no creerle nada - su hipótesis del matriarcado universal fue discutida desde el primer día y sigue discutiéndose -, y aun así el libro hace algo que pocos hacen: convierte cada mito en un documento, cada costumbre en una prueba, cada diosa en un argumento sobre el poder. Uno empieza leyendo sobre licios y cretenses y termina pensando en el matrimonio, en la herencia, en quién tiene la última palabra en una casa.
Y tiene además una virtud que en 1861 no se estilaba: escribe con imágenes. La luna entre la tierra y el sol; el enjambre de abejas como la primera sociedad bien gobernada; el trípode que los beocios roban cada año y llevan de noche a Dodona. Un jurista de Basilea que de pronto se vuelve visionario, y después vuelve a ser jurista, y así durante setecientas páginas.
Si querés leerlo. Se puede empezar sin compromiso: el comienzo de cada tomo está abierto en la Biblioteca de la editorial de https://literaturas.org/
La introducción, Licia, Creta, Atenas I etc., la traducción está en progreso. Y, las primeras páginas se leen ahí mismo, sin bajarse nada.
Las entregas completas, con su tapa, llegan por correo a quien se suscribe a nuestra página con un dólar al año. Hay quien lo lee de corrido y hay quien lo abre al azar, como se abre un diccionario de otra civilización. Las dos maneras funcionan.
Llegamos a Bachofen con el trabajo de revisión de la traducción, que es la manera más lenta y la más rendidora: no hay mejor lectura que la que obliga a mirar cada palabra dos veces. Pero alcanza con abrir la primera página y dejar que el hombre de Basilea nos explique, con una seguridad que hoy asombra, de dónde venimos.
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